No hemos acabado aun en Mallorca de salir de la segunda ola de la pandemia y estamos a punto de entrar en la tercera. La situación ha empeorado de forma dramática en las últimas semanas, con diversos brotes en varias zonas de la isla que nos han llevado al borde del precipicio. Es tan grave la tesitura en la que nos encontramos que el govern balear, con buen tino, ha decidido endurecer severamente las medidas de aislamiento social, con el cierre de los interiores de bares y restaurantes y el cese diario de actividad a las 6 de la tarde, así como el adelanto del toque de queda nocturno a las 10 de la noche, como medidas más llamativas, aunque no las únicas.
Dado que ya estamos abocados a las inminentes fiestas navideñas sería muy importante que el govern estableciera medidas muy precisas en el tema de la actividad comercial, sobre todo en las grandes superficies, tanto acerca de la conveniencia de su apertura o cierre, como en el del aforo y horario en caso de que se decida que tengan algún nivel de actividad.
Y exactamente igual en el caso de los espectáculos: cine, teatro, conciertos, etc. No se debe olvidar en ningún caso que el contacto personal es la principal fuente de contagio y, por tanto, se han de evitar las concentraciones masivas de personas, en todos los casos, pero sobre todo en interiores y en zonas mal ventiladas.
Si no tomamos conciencia de una vez por todas de que no podemos socializar como lo hacíamos antes de la pandemia, de que muchas personas sin la distancia adecuada en lugares cerrados mal ventilados es garantía de diseminación del virus, de que si seguimos una conducta irresponsable nos ponemos en peligro y lo que es peor, ponemos en peligro a los demás y muy especialmente a nuestros familiares y seres queridos y que ello es profundamente insolidario, estaremos creando las condiciones adecuadas para la tercera ola de la pandemia, que tenemos ya a las puertas en estos momentos.
Y en estas fiestas navideñas si insistimos en hacer reuniones familiares como todos los años estaremos poniendo en peligro a los más vulnerables de nuestros allegados. Será mejor no reunirnos con nuestros mayores este año y el año que viene poder volver a juntarnos con ellos en persona y no con una urna en la vitrina o llevándoles flores al cementerio.
Todos estamos cansados, agotados psicológicamente, cabreados, hasta el gorro de la pandemia, pero no es el momento de relajarse, al contrario, ahora más que nunca hay que persistir en las medidas de autoprotección y limitar las reuniones a los estrictos convivientes o, como mucho, a los miembros de dos burbujas, no más de ocho o diez personas en total incluyendo a los niños, burbujas de las que estemos plenamente seguros que mantienen una conducta rigurosa de prevención, lo contrario es deslizarse irremediablemente hacia el desastre.
En otro orden de cosas ha muerto John le Carré, el espía británico que prácticamente fundó el género de las novelas de espionaje. He pasado muy buenos ratos leyendo sus libros, sobre todo los protagonizados por Smiley, un burócrata agente de inteligencia absolutamente en las antípodas de James Bond y, por supuesto, mucho más creíble. Recuerdo que la adaptación al cine de su novela “el espía que surgió del frío” en forma de película homónima protagonizada por Richard Burton me abrió la puerta al mundo de le Carré, antes no había leído ninguna novela suya y también a las películas de espionaje a las que me aficioné y a lo largo de los años 60, 70 y 80 fui un ávido consumidor de todo lo que se estrenaba, especialmente de un conjunto de films protagonizados por Michael Caine, algunos de argumento tan enrevesado que resultaba difícil seguir el hilo de la trama y a veces acababas con el cerebro tan enredado como la indescifrable intriga de la cinta en cuestión (por ejemplo: “El molino negro”).
Descanse en paz John le Carré, un británico proeuropeo, radical anti-brexit y crítico feroz de los políticos conservadores que han liderado la salida del Reino Unido de la Unión Europea.