Aunque, realmente nunca ha parado. Cuando el abogado del Estado, Edmundo Bal fue cesado por el Gobierno, al negarse a aceptar que no debía inculparse a Junqueras y compañeros “mártires” por el delito de rebelión, a pesar de la calificación de los fiscales ― en ridículo con el texto de la sentencia ―, la senda estaba ya definida. Al presidente en funciones le interesaba una sentencia “dulce” que le permita chillar que España es un Estado de derecho, con imperio de la Ley, y susurrar un “no te preocupes”, al mismo tiempo. Presumir de defender a la España constitucional, como la llaman, dado que debe existir otra que no vemos, y al mismo tiempo asegurarse un diálogo de pacto para mantenerse en su sitial. Que de esto se trata, al fin y al cabo; Sánchez, mentiroso compulsivo, engreído hasta el hartazgo, está encantado siempre de haberse conocido y no desea, en modo alguno, dejar de contemplar su sombra en la moqueta de la Moncloa.
En esa ambición, poco importa que se haya asaltado el aeropuerto del Prat, se hayan paralizado trenes, cortado autopistas y carreteras, En modo alguno es motivo de preocupación para un gobierno que solamente tiene una meta, seguir siendo gobierno. Estamos ante una gran paradoja; el cancelar un centenar de vuelos, fastidiar a miles de pasajeros, a cientos de trasportistas, viajeros, paralizar trenes, dejar atrapados a ciudadanos, para Sánchez, para Marlasca, es una minucia, sin incidencia grave. En el fondo, no es sino una plasmación más del engaño en que pretenden que vivamos. Un engaño que llega hasta el absurdo de colocar como seleccionador nacional de fútbol a un catalán que no se atreve a opinar sobre la sentencia de Marchena y su equipo de unánimes magistrados.
Una unanimidad buscada con más ardor que el objetivo de toda sentencia, la justicia. Poco importa que Llarena, con el refrendo de los magistrados Miguel Colmenero Menéndez de Luarca, Alberto Jorge Barreiro y Vicente Magra Servet, considerase que la rebelión se produce con el mero alzamiento, sin que sea necesario que este alcance sus objetivos. En su ardor de salvar el trasero a Sánchez, la sentencia llega a afirmar que los acusados sabían que no lograrían su objetivo, pretendiendo, mediante engaño, que las masas les ayudasen a lograr una mesa de negociación. O sea, Junqueras, los Jordís y demás “mártires” engañaron a las masas volteando sobre sus cabezas un papelito llamado Declaración Unilateral de independencia, que no era sino una “señuelo” para provocar y mantener viva una movilización falsa e inútil, con un inalcanzable objetivo. Y de ello eran “conocedores” los interfectos según el psicólogo Marchena y sus colegas. Estos, unánimemente, se sienten facultados y capacitados para entrometerse en el cerebro de los acusados y conocer de sus intenciones, es decir la manipulación de masas. Masas que, siguen diciendo los psicólogos, no se habían apercibido de que no se trataba de conseguir la república catalana, sino, simplemente, de presionar al gobierno del Estado opresor. De la DUI y de los trescientos alcaldes, con Llach a la cabeza, gritando “república”, los magistrados deben opinar, unánimemente, que fue simplemente un ensayo general de una obra que no se iba estrenar.
Ya se ha olvidado que todo ello no es sino la “fantasía” de unas “fantasiosos” que, meses atrás, se arrepentían, llorando, de sus acciones ante Llarena, y que ahora anuncian, con todo descaro, que lo volverían a hacer. Se trata de aprovecharse del descrédito de un colectivo de hombres y mujeres que han antepuesto la moqueta que pisan a la nación. En el socialismo no es nada nuevo. Siempre ha actuado así, está en su adn, en sus genes. Armengol riega con dinero público y con palabras a todo aquel grupo que azuza el mallorquinismo, lo balear, para abrazar una historia y una aspiración que nos es completamente ajena. Le encanta sentirse en el equipo de Piqué, de Bertomeu, Xavi Hernández, de Robert y de tantos otros que, chupando durante años de la Federación española, ahora levantan pendones en favor de una república catalana tintada de todos los tics totalitarios, lengua, territorio y desorden. Como igualmente aceptará la invitación navideña de Junqueras o de los Jordis para brindar por la república, en el Palau de la Generalitat. Los Jordis, en cuatro semanas podrán salir de su suite carcelaria para montar de nuevo una DUI, más pergeñada en los detalles. No habrá más cárcel para ellos. A diferencia de tantos presos que deben ver cumplida la mitad de su pena para conseguir un tercer grado. Pero, no, esto formaba parte del pacto. Buena vida mientras dure, y rápida salida cuando la dulce sentencia se les comunique. Y los fiscales…, a esperar con sumo interés que nos expliquen qué sienten ante el rechazo de su solicitud de cumplimiento de condena.
Aunque, tanto da. Sea la que sea, diga lo que diga el gobierno, la oposición, todo seguirá igual. El nacionalismo, todo nacionalismo, es absolutamente insaciable. Eso sí, siempre que pague España. O sea, el Estado opresor y pagador sumiso.