El alcalde de Palma, Jaime Martínez, ha propuesto estudiar que nuestra ciudad dedique una calle a Félix Pons Irazazábal, nacido y fallecido en Palma siendo uno de los más destacados políticos socialistas españoles de la Transición. Fue conseller en la preautonomía, ministro de Administraciones Territoriales en el segundo gobierno de Felipe González y, destacando por sobre cualquier otro cargo, Presidente del Congreso de los Diputados entre 1986 y 1996, para el que fue investido con 322 votos a favor de 350 posibles, lo que lo dice casi todo.
Pero Félix Pons, profesor de Derecho Político, Administrativo y Mercantil en distintas etapas de su vida, fue sobre todo un señor, un personaje moderado y elegante que pasará a la posteridad como uno de los mejores presidentes que la Cámara Baja ha tenido a lo largo de su historia.
Personalmente, jamás fuimos presentados, pero compartí con él ‘escaño’ en la grada de Son Moix durante algunas temporadas. Jamás lo escuché vociferar, hacer un mal gesto o usar una palabra inconveniente, haciendo gala de un temple que, en ese contexto, confieso que a mí me falta. Íntimamente, me producía una gran envidia, porque no es el fútbol precisamente el lugar más habitual para sosegarse, sino más bien para explayar -dentro de unos límites razonables y sin ninguna clase de violencia- los instintos animales que anidan en nosotros desde la noche de los tiempos.
Lo cierto es que Pons representaba lo mejor de una época en la que ser socialista en España no solo no comportaba remisión alguna al guerracivilismo y la división, sello que, por desgracia, lo adorna -más bien, lo mancilla- desde el malaventurado acceso al poder de Zapatero y que se ha exacerbado durante el mandato de su aventajado alumno, Pedro Sánchez, sino que precisamente implicaba todo lo contrario, la superación de la división de España entre buenos y malos -fueran unos y otros los que fuesen- y la confraternización democrática entre los ciudadanos de cualquier ideología.
Personalmente, no me extraña que haya tenido que ser un político centrista como Martínez el que, finalmente, afronte la reparación de esta injusticia, pues el PSIB actual está a años luz de la filosofía política de Félix Pons, fallecido en Palma hace trece años sin que, durante los últimos ocho, a un lamentable y para el olvido exalcalde (a Dios gracias) José Hila se le ocurriese otra cosa con relación al callejero que suprimir de éste los nombres de almirantes y marinos ilustres de nuestra historia, por ‘franquistas’. (Y todavía no se le ha caído la cara de vergüenza a este sujeto).
Félix Pons, palmesano y socialista honesto y cabal, merece, sin ninguna duda, la dedicatoria de una calle o plaza importante de Ciutat, en reconocimiento a su contribución a la convivencia, a la historia de nuestra Transición y, sobre todo, por respeto a nosotros mismos.