A decir verdad, no recuerdo si alguna vez les he contado la anécdota; de ser así, ruego me disculpen. Hace unos años, demasiados, puesto que el tiempo corre excesivamente deprisa, mi hijo —un jovencito con una testa privilegiada, igual que su hermana— me preguntó si cuando yo tenía su edad, en el tardo franquismo, la vida era en blanco y negro. Había visto reportajes del NODO y películas de la época. Naturalmente, le expliqué que lo que era en blanco y negro era la TV y el cine, pero que la vida era en color.
Si hoy me formulase una pregunta parecida, ¿la vida es hoy en blanco y negro?, tendría muchas dudas para responderle. El blanco y negro en la actualidad se utiliza en el cine para transmitir mayor dramatismo, y España, en estos momentos, es un país en blanco y negro.
En los últimos años hemos involucionado hacía la posguerra en varios sentidos. En España hay hambre. Las colas de Cáritas y demás organizaciones humanitarias crecen cada día para dar comida; en Palma proliferan las ratas, que llevan implícita una gran falta de higiene. La voluntad de las administraciones, la de este pequeño país y la central, parece ser que reescriben la historia, y para ello hacen uso y abuso de poder para, invocando los más bajos instintos de la sociedad, enfrentarla y poner de actualidad hechos desgraciadamente ocurridos, por un bando y otro, hace ochenta años.
Los hijos de los combatientes fueron los que sacaron a este país del hambre que volvemos a sufrir, y además fueron generosos y quisieron para sus hijos lo que ellos nunca disfrutaron: la democracia. Para conseguir esa democracia de la que gozamos hace cuarenta años, y que es muy mejorable, se realizaron grandes esfuerzos para la reconciliación nacional, incluida una Ley de Amnistía que ahora sería ilegal.
No creo que me equivoque si digo que el Gobierno de la Nación ha caído en la demencia; la demencia se caracteriza por olvidar los recuerdos inmediatos y tener memoria remota. El Gobierno de la Nación quiere juzgar la dictadura de Franco revocando todas sus Sentencias y olvidando por completo los desmanes y crímenes del bando derrotado, que también los cometió.
Lo más grave desde el punto de vista moral es el reconocimiento, por parte del Presidente Sánchez, del semoviente que ejecutó a Miguel Ángel Blanco, que se ha quitado de en medio. Naturalmente, en grosera dejación de funciones, el Presidente ha olvidado a los miembros de las fuerzas de seguridad del Estado que deciden quitarse la vida con demasiada frecuencia.
El Gobierno, para contentar a sus aliados, es capaz de laudar a un asesino y de escribir una historia ad hoc para los podemitas. Lo que no conseguirá nunca es cambiarla. Para bien o para mal, la Guerra Civil la ganaron los golpistas y la perdieron los republicanos. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero.
El problema real es que, mientras la mediocre señora Calvo se dedica a jugar con la memoria y los sentimientos de los españoles, no invertimos tiempo en futuro, en sacar adelante al país y en buscar soluciones para hacer lo que hicieron nuestros padres: por una parte, perdonarse unos a otros en nombre de sus padres, y, por otro, entregarnos un país en muchas mejores condiciones que aquellas en las que lo recibieron. Mientras, nosotros seguimos el camino opuesto: abrir heridas que parecían cicatrizadas y entregar a nuestros hijos un país en la ruina.
No estoy orgulloso de pertenecer a la generación a la que pertenezco. Lo estamos haciendo muy mal y tenemos la obligación de rectificar. Debemos cambiar el camino, debemos rearmarnos moralmente y dejar estar el pasado, respetando las ideas de todos los ciudadanos y pensar en el futuro y en nuestros hijos. Lo contrario, además de memoria senil, es egoísmo. Que disfruten de este martes.