Solía sentarse solo en el banco lateral más alejado, contemplando el Cristo de la Sangre sobre el sagrario, preparándose para la misa de las 8:10 y confesando o intercambiando algunas palabras con cualquier fiel que se le acercara. Allí solía saludarle con la mano yo cada mañana, al entrar por la puerta de atrás.
Apenas le conocía, en realidad. Solamente de verle celebrar esa misa matinal y alguna otra los fines de semana, de colaborar en ocasiones en la liturgia como lector; de confesarme con él un par de veces y acompañarle mientras bajaba con dificultad las escaleras. Siempre tenía una sonrisa y una mirada amable bajo las gruesas lentes de sus gafas.
A sus 89 años, me dicen que venía caminando con su bastón desde cerca de la catedral. Sé que también venía a veces en coche, porque una vez hace un par de años el pobre tuvo un desgraciado incidente con una columna que le dejó toda la puerta abollada. Me supo peor que si me hubiera ocurrido a mí, pero D. Juan me dio una lección de cómo sobrellevar las contrariedades de la jornada, cuando cinco minutos después estaba celebrando misa como siempre, con una paz absoluta. Me dije que tendría más paciencia al volante, pensando que al volante de ese coche que nos estorba podría haber un venerable cura octogenario.
Creo que muchos de los habituales de la Sangre estarán de acuerdo si digo que su marcha nos ha dolido como la de un miembro de la familia -de hecho, alguna de las habituales con las que he tenido ocasión de intercambiar algunas palabras era literalmente familiar suya. Durante estas últimas semanas después de su fallecimiento, aún le veía físicamente en el altar con sus típicos gestos y las canciones tradicionales mallorquinas que cantaba al exponer el Santísimo después de misa, con ese mallorquín auténtico que casi sólo conservan nuestros mayores. Creo que transmitía algo especial al celebrar, porque se le notaba una devoción sencilla y sincera, que poco a poco se iba contagiando.
Su partida deja una sensación agridulce, porque al mismo tiempo que apena no volverle a ver celebrar, ni tal vez volver a oír muchas de esas canciones -aunque hoy han cantado una de ellas, quizás a modo de homenaje-, sé que ha cumplido con su vocación de sacerdote hasta el final, dejándonos un magnífico ejemplo. Ha peleado su batalla heroicamente, ha acabado su carrera, ha guardado la fe. El Señor le habrá dado ya la corona de justicia, como diría San Pablo.
En las Escrituras, justicia a menudo quiere decir santidad, que viene a ser unión con Dios. No me cabe duda de que Juan Servera fue en este sentido “un justo”, como tituló Víctor Hugo el capítulo de Los Miserables donde describe al obispo Myriel, que rehabilitará con su bondad al convicto fugado Jean Valjean. Un justo, es decir, un santo, que entregó su vida a Dios y al prójimo pasando desapercibido para el gran público, como tantos otros.
Sirva esta columna como homenaje y muestra de agradecimiento, que hago extensivo a todos los sacerdotes y santos en general que he tenido el honor de conocer, especialmente a los que más me han ayudado y me ayudan en mi carrera particular.
Comprenderán que entre el paso a mejor vida de D. Juan y las negociaciones y pactos que dominan la política me haya inclinado por lo primero, mucho más edificante. Ya habrá ocasión para lo segundo cuando termine el teatro -pésimo, además- y veamos los resultados. Ojalá tuviéramos más justicia -santidad- en política y en todas las áreas de la sociedad. ¿Es pedir imposibles? Si Ud. y yo nos decidimos a portarnos bien, querido lector, habrá dos granujas menos.