Truco y trato

“Vive rápido, muere joven y deja un cadáver bello”. Ha muerto el Piqué futbolista y ha dejado un bonito cuerpo de jubilado. Aún espigado, prietas las carnes, con pelo denso y sin una sola cana. Según el Instituto Nacional de Estadística la esperanza de vida para un varón de nacionalidad española se sitúa en los 80 años. A Piqué le quedan 45, como promedio, para disfrutar de sus hijos, amigos, mujeres y una abultada cuenta corriente. Esta columna no será una necrológica, ni siquiera deportiva.

En su afán por vender coches la industria automovilística identifica la expresión off road no solo con un vehículo todoterreno, sino con un estilo de vida. En ese sentido, es lógico que las personas que conducen sus comportamientos y opiniones al margen de los caminos trillados por la mayoría despierten un especial interés. Es el caso de Piqué, que además ha sabido compatibilizar su atípica personalidad con una habilidad indudable para vender motos, dentro y fuera de su club.

El video de Piqué despidiéndose en Twitter de la afición culé es una pequeña obra de arte que, observada al contraluz de la biografía del central del Barça, explica con precisión en qué consiste el nacionalismo. Se trata de agitar emociones, con más o menos vigor según el cocktail que se quiera servir, para llegar a un estado de embriaguez colectiva que se parezca a la felicidad. Para alcanzar el frenesí identitario es necesario ocultar los hechos que atemperan esas emociones, porque el cocktail no sabría igual ni provocaría alucinaciones.

Ahí vemos a Piqué dando su primeros pasos de bebé vistiendo la camiseta blaugrana, y poco después pidiendo un autógrafo al Koeman que perforó con un misil aquella portería en Wembley. Porque Gerard no quería ser futbolista, sino jugador del Barça. Esta íntima revelación explica los últimos años de su carrera deportiva, cuando iba a entrenar por las mañanas como otros vamos al gimnasio, para mantener el tipín y poder cometer algún exceso gastronómico el fin de semana. Eso sí, tomarse el fútbol como una actividad extraescolar fuera del horario de oficina de sus empresas no le impedía ser el central mejor pagado del mundo. Por aquí, y por su falta de concentración, llegaron los pitos en el Camp Nou.

Solo una veintena de futbolistas españoles pueden decir que han sido campeones del mundo. Piqué no olvida mencionarlo en su video sentimental mientras nos muestra imágenes suyas de niño jugando al futbolín, porque la aparición de una camiseta de la selección española, con todo ese rojo y amarillo ensuciando el plano, supondría cortar en seco las lágrimas de emoción del soci. Nada por aquí, nada por allá, esto te enseño, esto te oculto. Así son los trucos del nacionalismo ilusionista.

La evolución de Piqué desde el independentismo simpático al elogio sin rubor del Madrid de las oportunidades constituye el relato más cruel y certero del fracaso del procés. Barcelona es bona si la bossa sona. Geri se ha lamentado del estado catatónico de su ciudad natal no por su aldeanismo sobrevenido, sino porque ha dejado de ser territorio propicio para sus empresas. No cabe mayor sinceridad, y solo por esta confesión deberíamos perdonarle su prepotencia de niño bien de la Bonanova. Madrid hoy es El Dorado para un buscavidas como Piqué.

Geri seguirá enseñando y ocultando lo que le convenga, como casi todos, porque en un futuro no lejano quiere ser presidente del club que le dio fama y riqueza. Pero sabe que la bonanza de los negocios de un empresario global es incompatible con el nacionalismo bronco y cazurro que se impuso en Cataluña hace un lustro. Es lógico que no encuentre la motivación suficiente para seguir acudiendo al club cada mañana a ponerse el peto de los suplentes en los partidillos, ni siquiera cobrando una pasta.

El dinero es el pegamento más fuerte del mundo. Las ideologías radicales que buscan la confrontación fracasan a largo plazo en las sociedades prósperas. El sueño de un Luxemburgo mediterráneo como gran centro de negocios mundial ha supuesto llevar el ilusionismo indepe demasiado lejos, incluso para el niño que no quería ser futbolista sino solo jugar en el Barça. Piqué demuestra que el nacionalismo vive en un Halloween permanente, con la ventaja que nunca tienen que elegir. Siempre es truco y trato al mismo tiempo.

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