El desmantelamiento hace unos días de un criadero ilegal de tortugas en Mallorca, en el que se requisaron más de mil animales en diversos estados de crecimiento y centenares de huevos, ha puesto de manifiesto una vez más el problema del tráfico ilegal de especies, una de las cinco actividades ilícitas más lucrativas, con unos beneficios anuales calculados entre cerca de diez mil y veinticinco mil millones de dólares.
La instalación mallorquina estaba especializada en tortugas, de las que se han incautado decenas de especies, algunas en peligro crítico de extinción, pero es solo un ejemplo de un negocio indecente que afecta a miles de especies salvajes de animales y plantas exóticos, contribuyendo en muchos casos a llevarlas al límite de la extinción.
El tráfico ilegal de animales exóticos está causando un gravísimo daño ecológico multifactorial. Afecta a las especies, que ven disminuidos sus efectivos, en algunos casos drásticamente, en su hábitat natural, cuyos sistemas se ven desequilibrados. También puede suponer la transmisión de enfermedades infecciosas a los animales y a las personas de las zonas de destino. Además, dado que muchos ejemplares acaban en el medio ambiente de llegada, ya sea por abandono deliberado o por fuga, acaban estableciéndose y compitiendo con las especies autóctonas, creando infinidad de problemas y perturbando los sistemas naturales.
La introducción, accidental o deliberada, de especies foráneas ha creado ya numerosos desastres para nuestra economía y nuestro medio ambiente. Por citar solo algunos, podemos señalar el daño inmenso que el caracol rosa está causando a los arrozales del delta del Ebro; la presencia de siluros en algunos pantanos y en el propio río Ebro, introducidos con fines de pesca recreativa, que son depredadores feroces que diezman la fauna piscícola autóctona; los visones americanos, escapados o “liberados” de granjas peleteras, que compiten y desplazan al visón europeo, menos agresivo, poniéndolo en peligro de extinción; los cangrejos de río americanos, que desplazan al nativo, atacado además por una micosis que diezma las escasas poblaciones residuales; o el mejillón cebra, que produce daños económicos por valor de miles de millones de euros en las infraestructuras fluviales en la cuenca del Ebro y tiene un efecto tremendo sobre las poblaciones autóctonas de bivalvos de agua dulce, a los que desplaza irremediablemente.
La absurda moda de adoptar como mascotas, que no animales de compañía, especies exóticas no domesticadas y que, por tanto, son difícilmente controlables y representan un peligro para sus compradores, con muy escasa posibilidad de obtener la satisfacción emocional que nos producen nuestros animales domésticos, es uno más de los sinsentidos de nuestra época. Sinsentido favorecido por la existencia de un comercio legal, que sirve en muchas ocasiones de tapadera para el tráfico ilegal.
La pretensión de la especie humana de que somos los dueños del mundo y, por tanto, tenemos derecho a esclavizar a las otras especies a nuestro antojo y conveniencia, las más de las veces por puro diletantismo, moda, esnobismo o estupidez pura y dura, es letal para todas las especies con las que compartimos el planeta y contribuye al gran cambio ambiental que la actividad antropogénica está provocando y que algunos expertos ya consideran como el inicio de la sexta gran extinción de la historia geológica de la Tierra.
Se debería prohibir radicalmente el comercio de especies salvajes, de manera que, al desmantelar la infraestructura legal, quedase al descubierto el entramado del tráfico ilegal. Si la tenencia de cualquier especie salvaje fuera ilícita, nadie podría tener un ejemplar sin arriesgarse a las multas y sanciones que se estipularen.
Y deberíamos educar a nuestros niños en el respeto a todas las especies vivas, en la necesidad de mantener y conservar sus hábitats naturales y en la estupidez, la indecencia y la crueldad que supone sacarlos de ellos para encerrarlos solo para nuestro disfrute frívolo, vacuo y efímero.