Toledo

He escrito ya estos días acerca de las salvajadas históricas cometidas por el alcalde de Palma en la ceguera que le han inyectado sus socios y que ha derivado en un disparatado cambio de nombres de calles de la ciudad.

Curiosamente, dos de esos cambios me tocan de cerca, como la bala que roza al soldado atrincherado. Hoy hablaré de uno de ellos.

Mi padre era toledano y, aunque pasó su juventud en Madrid y jamás volvió a vivir allí, siempre se mostró orgulloso de sus raíces.

De la primera ocasión que tuve de ir a la ciudad imperial, con seis años de edad, solo recuerdo la espera ante el torno de las monjas para comprar mazapanes y la ingente cantidad de iglesias que visitamos, al punto que les dije a mis padres que estaba cansado de ver tantas "misas" y que lo que quería era irme a jugar a la calle.

Pero Toledo se entiende mal sin visitar su fascinante catedral, cargada de simbolismos, sus iglesias y conventos, y sus preciosas sinagogas, sus murallas y sus puertas. No en vano, fue la capital de las tres culturas, la de la escuela de traductores, y también la de España durante siglos, hasta 1561.

Pasear por sus empinadas calles fortalece las piernas, y por eso es conocida coloquialmente como la de las tres ces: cuestas, cadetes (de infantería) y curas.

Es fácil ser presa del síndrome de Stendhal en una ciudad con tanto arte a la vuelta de cualquier esquina.

Si no la han visitado, háganlo; los toledanos son gente recia, pero amable, divertida, cariñosa y hospitalaria.

Por desgracia, Toledo padece intensamente ese fenómeno llamado gentrificación, que la está convirtiendo progresivamente en un hermoso decorado sin apenas habitantes, la mayor parte de los cuales vive en la ciudad nueva, al otro lado del Tajo, desde donde pueden verse esos preciosos atardeceres de la colina toledana presidida por el Alcázar.

Palma tenía, hasta hace una semana, una calle dedicada a Toledo, una modesta vía en la barriada de Sa Vileta.

Nadie en su sano juicio ni, por supuesto, ningún palmesano de menos de cincuenta y tantos podría sospechar siquiera que la calle Toledo rindiera homenaje o exaltara el franquismo. Pero nuestra izquierda política está profundamente enferma y busca inventarse razones allá donde nadie aprecia agravios de ninguna clase.

Resulta, amable lector, que la calle Toledo fue bautizada en una época en la que era posible asociarla mentalmente a uno de los episodios de nuestra desgraciada Guerra Civil, el del fracasado asalto a su Alcázar, cuya guarnición, apoyada por elementos de la Guardia Civil, resistió durante 37 días el asedio y bombardeo de los milicianos y del ejército de la República, muy superior en medios y fuerzas, hasta que los sitiados fueron auxiliados por el Ejército de África y los republicanos se retiraron derrotados.

Naturalmente, Franco utilizó este hecho para resaltar el heroísmo de su causa e incluso llegó a rodarse una cinta propagandística en 1940, aprovechando metraje real, llamada "Sin novedad en el Alcázar", realizada por el italiano Augusto Genina en los estudios de Cinecittà de Roma con actores transalpinos, un pastiche histórico curioso, pero más falso que una moneda de tres euros.

Más allá de la cansina tabarra del franquismo, el asedio al Alcázar de Toledo es una historia épica que, en cualquier otro país del mundo, sería objeto de reconocimiento incluso por parte del enemigo, como ocurrió, por ejemplo, cuando el 2 de junio de 1899 los llamados "últimos de Filipinas" salieron desfilando del Fuerte de Baler, recibiendo los honores del ejército que no había sido capaz de doblegar por la fuerza a aquel puñado de valientes.

Aquí, claro, es distinto. Impensable que los españoles veamos la Guerra Civil como perciben la suya los estadounidenses. La república fue derrotada en abril de 1939, pero la izquierda española quiere reescribir la historia y ganar la guerra ochenta y dos años después, cuando todos los combatientes de aquel conflicto descansan bajo tierra, espero que en la misma paz que unos y otros fueron incapaces de repartirse.

Pocos palmesanos conocen ya la historia del Alcázar. Ya nadie asocia Toledo a ningún episodio bélico, ni a ninguna ideología, solo a la inmensa belleza y legado histórico de la capital castellano-manchega. Nadie, salvo José Hila y su gobierno municipal, roído por el odio y la hiel del resentimiento.

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