Hace unas semanas, socios de un prestigioso bufete internacional se reunían en Bruselas con los representantes de un gigante chino del comercio electrónico. Durante horas, abogados y cliente estuvieron preparando un extenso powerpoint para mostrarlo en una reunión posterior con altos funcionarios de la Comisión Europea. Pues bien, al llegar el control de seguridad del edificio de la Comisión, obligaron a los ejecutivos chinos a acceder a las dependencias oficiales desprovistos de móviles y ordenadores. Lo nunca visto, según me cuentan personas que llevan dos décadas de ejercicio profesional asesorando a empresas extracomunitarias que comercian con Europa.
La amenaza del espionaje chino a través de sus empresas existe. No es ninguna invención, y el reciente caso Huawei parece sólo la punta del iceberg. Fíjense si la cosa va en serio, que la embajada de Estados Unidos en China acaba de prohibir a sus empleados tener relaciones sexuales o sentimentales con cualquier ciudadano chino. Mira que era fácil de solucionar el asunto. Desde Mata Hari, hemos estado un siglo preocupados por el peligro de la información vaginal, pero llega Trump y lo arregla en dos patadas: prohibido enamorarse o follar con chinos. Básicamente, es la misma lógica que ha seguido estableciendo aranceles universales para equilibrar sus balanzas comerciales con el resto del planeta, extraída del capítulo uno del manual del buen populista: aplicar soluciones simples a problemas complejos.
Pongamos un ejemplo para entender porqué, si hablamos en términos de comercio internacional, dos más dos no siempre suman cuatro. Trump anunció el miércoles unos aranceles del 54% a los productos chinos, y al día siguiente declaró que esas tasas aduaneras serían negociables si China se aviniera a vender TikTok. La pregunta es sencilla: si esa red social no fuera usada a diario por cientos de millones de jóvenes en todo el mundo, ¿tendría el mismo interés para Trump y los gigantes tecnológicos norteamericanos? Dicho de otro modo, si a esa plataforma sólo subieran vídeos los adolescentes de Pekín y Shanghai, ¿TikTok valdría lo mismo?
Las seis empresas más grandes del mundo por capitalización bursátil son estadounidenses. La sexta es de Arabia Saudí. ¿Alguien cree que el valor de Apple, Nvidia, Microsoft, Amazon y Alphabet lo genera sus ventas en Estados Unidos? Es una economía globalizada, el libre comercio de bienes y servicios, lo que ha facilitado el crecimiento de estas enormes corporaciones, que permiten al país que preside Trump continuar siendo la primera economía mundial. Eso sí, General Motors vende menos coches, pero Trump piensa que es por culpa de Europa, como si los americanos más pudientes se compraran coches Mercedes o BMW por una cuestión de precio, y no de prestigio social.
En el comercio internacional, la reciprocidad como tal no existe. Los tratados bilaterales se negocian por capítulos de acuerdo a las necesidades, de tal manera que “nada está pactado hasta que todo está pactado”. Se gana en unas cosas y se pierde en otras. Lo que Trump dice es que USA pierde en todo con todo el mundo desde hace cincuenta años. Siendo honestos, no es una posición fácil de justificar desde el país más rico del mundo.
Tampoco parece demasiado inteligente forzar a las economías europeas a pensar rápidamente en un plan B comercial, o sea, abrirse más a otros mercados, o sea, China. Trump está centrando un balón de oro a esa hipócrita izquierda antiamericana, que observa con horror el apoyo yanki a Israel, pero calla como una meretriz ante la salvaje represión del régimen de Pekín contra las etnias uigur, kazaja, hui, kirguís, uzbeka, tayika o tibetana.
Ya escribimos en esta página hace unas semanas que, a la vista de lo que podía suceder con los aranceles, algunos defensores del trumpismo en Europa comenzaban a tomar distancia. Fue el caso de Marine Le Pen y Georgia Meloni, beneficiadas en un principio por la ola reaccionaria originada en Washington, pero temerosas de estamparse contra las rocas electorales en Francia e Italia por culpa de las decisiones de Trump. Pero Spain is different.
Santiago Abascal ha decidido que los responsables de la decisión de Trump son Sánchez, Feijóo y Von der Leyen (no sabemos en qué orden) por no haber sabido negociar bien. Es un razonamiento parecido al que algunos en VOX hacen sobre la guerra de Ucrania: tanto interés por entrar en la Unión Europea y en la OTAN que a Putin no le quedó más remedio que invadir el país vecino. En el fondo, somos nosotros, los europeos, los que hemos provocado esa reacción, casi inevitable, por hacer las cosas tan mal. Suena un poco a la teoría de la minifalda para explicar las agresiones sexuales: van como van esas chicas, y luego pasa lo que pasa.