Una sociedad de propietarios, como la que se ha ido afianzando en nuestras Islas, bien puede dar un paso más para anhelar convertirse en una sociedad de rentistas. O, como mínimo, ambicionar sustituir el trabajo alienante por el libidinal. Pues, a lo largo de la historia la mayoría de trabajos han sido pesados, fatigosos, estresantes y, a veces, agotadores. Un tipo de ocupación que se realiza para subsistir, porque no queda más remedio. Por eso, aquí en nuestras Islas, son muchos los que tienen que agradecer a sus padres y abuelos que trabajaron muy duro, de forma sacrificada, para ofrecerles un panorama mucho mejor, en el que pueden ganarse la vida realizando tareas más cómodas, y en algunos casos, incluso con atractivo glamour.
Esa aspiración, de dejar un mejor legado a las generaciones venideras, se está acabando, pues la acumulación de riqueza (no confundir con el PIB) ya permite a una buena parte de los baleares aceptar únicamente trabajos gratificantes en sí mismos, rechazando cualquier tipo de incomodidad, ya sea horaria, climática u de otro tipo. Este fenómeno está en la raíz de la necesidad de mano de obra migrante para muchos de los empleos rechazados por los herederos de la prosperidad local. Este es uno, entre otros, de los motivos fundamentales por el que, Baleares, además de atraer turistas y visitantes también atrae a residentes.
En muchas familias de raigambre es relativamente común que los abuelos tengan más hijos que nietos, por lo que no son pocos los que heredan tanto de padres como de tíos. Así, sumando lo anterior al ahorro efectuado, se puede estar formando una nueva categoría social de personas que tienen la posibilidad de utiliza su patrimonio para disfrutar la vida con menos ataduras laborales, y de otro tipo, que sus progenitores.
Las nuevas costumbres sociales, y los procesos de automatización, también contribuyen al afloramiento de esa nueva categoría social. Pues mientras la digitalización amenaza o transforma muchos empleos, incluidos algunos de los más cómodos, la aspiración de fundar una familia, poco a poco, parece que va perdiendo adeptos, con todo lo que ello conlleva.
Por todo ello, resulta un hecho completamente racional la dificultad que tienen muchos padres y maestros para transmitir, a sus hijos y discentes, criterios de abnegación. Al tiempo que los políticos se hacen omnipresentes, a través de los medios, prometiendo abolir cualquier dolor vital. Además, la preocupación por la ecología y el bienestar del planeta se van convirtiendo en la gran aspiración colectiva que requiere de la contribución de actitudes individuales que frenen la espiral de las necesidades materiales artificiales propias del consumismo, sustituidas por el disfrute de experiencias. El sistema fiscal y pensional, por su parte, incentiva la búsqueda de rentas alternativas, penalizando simultáneamente el mantenimiento de bienes ociosos.
Ahora, la nueva mentalidad dominante, aconseja disfrutar la vida, estableciendo una nueva relación entre las personas y la naturaleza. La ecología, como hija legítima de la economía, establece que tener inmuebles infrautilizados, -como por ejemplo los utilizados por las administraciones públicas, o los del ParcBit-, no es sostenible, por constituir un derroche de recursos. Es en este contexto en el que aparece el alquiler vacacional, que por una parte permite a sus titulares llevar una vida en mayor consonancia con los paradigmas actuales, a la vez que ofrece a los visitantes una experiencia sin los intermediarios propios del turismo industrializado.
Las empresas de hostelería durante años pujaron por conseguir un numerus clausus rigurosamente establecido por ley. Una vez conseguido, sólo consideraron superarlo puntualmente para financiar la modernización de sus instalaciones. Lógicamente ahora se muestran muy reticentes, tanto a este fenómeno como a la llegada de turistas en barcos que no requieren su alojamiento. Y, por tanto, se constituyen en un muro limitador. Por supuesto, para defender su postura, optarán por utilizar los argumentos de mayor impacto social, que hoy por hoy, son los medioambientales.
Sin duda, el atractivo que una ciudad, o de una región, ejercen sobre nuevos potenciales trabajadores es el resultado de múltiples variables de entre la que destaca el nivel salarial descontada la carestía de la vida. De esta forma, un hipotético incremento de los sueldos, o una disminución del precio de las viviendas, tienen efectos parecidos sobre el poder de atracción de nuevos residentes. Lo cual puede dar lugar a una vuelta de tuerca más en la “sensación” de agobio y saturación.
En definitiva, y para no extenderme más, mucho me temo que los fenómenos sociales están imbricados, sobre todo, con el poder de las ideas dominantes de cada época y lugar, aunque también, en menor medida, con los intereses de los diferentes grupos. Por lo que intentar corregirlos desde un poder centralizado y limitado no es tarea fácil, incluso conociendo las auténticas raíces de la cuestión.