Desde que tengo uso de razón política vengo preguntándome cómo es posible aunar en un mismo ideario partidista el nacionalismo y el internacionalismo.
El nacionalismo es la concreción burguesa y refinada del atávico concepto de la tribu, que nos acompaña desde los orígenes de nuestra especie, basado en sentimientos de pertenencia e identidad de mayor o menor intensidad. En consecuencia, lo lógico es que su espacio político natural sea el flanco derecho, en toda su extensión. Burgueses y de derechas son el PNV, los diversos residuos de lo que un día fue(ron) Convergència i Unió, y otras formaciones que transitan entre el soberanismo independentista más desatado y el llamado regionalismo, con objetivos últimos distintos, pero que comparten algunos fundamentos ideológicos básicos.
El internacionalismo, en cambio, es el intento -hasta el momento, estéril- de superación de la idea de nación -y, consiguientemente, de su derivada, la nación-estado- en pro de un mundo sin fronteras en el que reine el igualitarismo. Semejante construcción es, en esencia, el cimiento sobre el que se asientan el socialismo y sus principales subproductos, el comunismo y el anarquismo.
La aparición de Sumar, propiciada por el simpar Pedro Sánchez para tratar de deshacerse de Pablo Iglesias, Irene Montero y otros incómodos podemitas, y encarnado en la comunista tuneada de Dior, Yolanda Díaz, pone de manifiesto las sangrantes contradicciones que acompañan a esta balsa salvavidas de la extrema izquierda, especialmente en Balears.
Resulta que el cabeza de lista de este conglomerado radical en nuestras islas es el inefable Vicenç Vidal, exconseller de Medi Ambient, Agricultura i Pesca en el primer Govern de Francina Armengol; uno de los más reputados incompetentes que jamás haya dado la política balear, como atestiguan todas las organizaciones agrarias y pesqueras sin excepción.
Pero bueno, Vidal puede que no sirviera para conseller, pero sabe nadar como nadie en medio del naufragio general de la izquierda. Ya logró ser senador en la anterior legislatura y ahora tiene opciones de llegar a la Carrera de San Jerónimo con los mismos méritos por los que fue despachado en su día.
Vidal es miembro destacado de Més per Mallorca, partido socialista y nacionalista -acompañado de los otros aderezos de costumbre- y, por ende, un convencido del nacionalismo internacionalista, es decir, un apóstol de las esferas cuadradas y seguidor de la doctrina del perro del hortelano.
Hay que reconocer que los primeros intentos de unir socialismo y nacionalismo no salieron especialmente bien. El socialismo nacional alemán de la primera mitad del siglo XX -conocido también como nacionalsocialismo o nazismo- acabó como todos sabemos. Lo mismo le ocurrió al socialista Mussolini cuando se enfundó en banderas imperiales. Hasta la Falange imitó este intento de juntar conceptos como patria, raza, nación e imperio con lo social, el trabajo, etc.
En Més, en cambio, siguen creyendo que es posible casar el socialismo y el ultranacionalismo de corte xenófobo.
Si al oxímoron inherente a Més le 'sumamos' los restos del Partido Comunista -camuflado, como de costumbre, bajo diversas siglas-, un toque podemita para intentar pescar cuatro votos entre la desvencijada parroquia de Iglesias, y el esperpento de un acaudalado exjuez cerrando lista, metido ahora, por pura vanidad, en el papel de paterfamilias de estos redentores del proletariado de la Srta. Pepis, entonces logramos la fórmula mágica de Sumar Més, aunque quizás el verbo más apropiado para la formación sería 'Flotar un poc'. Es algo así como la sandía con mortadela o el gin-tonic con camaiot. Parecen combinaciones imposibles y poco apetecibles. Pero ahí están.