Una chica de Jaca ha dicho que Mallorca tiene “las mejores aguas de Europa” y hemos tardado semanas en enterarnos. Y eso que el elogio aparece en una de las series de Netflix más vistas en sesenta países. El periodismo balear anduvo lento en hacerse eco del piropo hasta que Julián Aguirre le dedicó una página en Ultima Hora. En descargo de la profesión hay que decir que las plantillas de los medios de comunicación van justas, y no sobra tiempo en una redacción para tragarse cuatro capítulos de un bodrio titulado “Soy Georgina”.
A la mujer de Cristiano Ronaldo los guionistas de la serie le prepararon decenas de frases redondas sobre su humildad, la entrega total a su familia y lo complicada que es su vida más allá de las apariencias. Ella las va recitando con la misma gracia que mostraría Vladimir Putin bailando sevillanas. Cuando Georgina habla de las apariencias se refiere a un despliegue inacabable de bolsos de lujo, ropa de marcas exclusivas, coches deportivos, aviones privados y casoplones cuya limpieza y mantenimiento precisan de una plantilla a su servicio tan numerosa como un equipo de fútbol. Rodeada de semejante atrezzo la mujer del futbolista se esfuerza ante la cámara en explicarnos lo duro que es su día a día, y en ese cándido afán uno atisba los limites de su capacidad de esfuerzo. Déjalo, Georgina.
Ayer fue mi cumpleaños, y lo celebré rodeado de amigos. Imagino que hicieron lo mismo en su aniversario Alfonso Ussía y Joaquín Sabina. Me hace ilusión haber nacido el mismo día que Charles Darwin y Abraham Lincoln, aunque me gustaría no acabar como este último. Sin embargo, mi personaje favorito venido al mundo un doce de febrero es una mujer.
Lou Andreas-Salomé deslumbró con su inteligencia y su personalidad a varios de los hombres más brillantes de su época. Esto constituye una paradoja formidable, porque pocas mujeres se esforzaron tanto como ella por evitar ser consideradas a través de los hombres que pasaron por su vida. Justo como Georgina.
Nietzche dijo de Lou Salomé que era “la persona más inteligente que he conocido”. Rilke, su amigo, amante y confidente hasta su muerte, la definió como ”una mujer extraordinaria”, y reconoció que sin su influencia no habría sido capaz de desarrollar su obra. Para Sigmund Feud la escritora y filósofa rusa era “un ser comprensivo por excelencia, nadie como ella ha entendido de manera tan profunda y sutil el psicoanálisis”.
En 1910 publicó Erótica, y el feminismo de entonces la repudió por defender la diferencia entre hombres y mujeres por encima de una idea igualdad de género otorgada por el patriarcado. Lou se adelantó cien años a ese concepto tan en boga hoy de feminizar el mundo, sin entrar en contradicción -ni en combate- con la masculinidad. Lou fue una pionera del poliamor, una mujer liberada, física e intelectualmente, antes que se inventara la expresión.
Hace cinco años se estrenó una película sobre la vida de esta mujer fascinante dirigida por la alemana Cordula Kablitz-Post. El biopic se puede ver en Filmin, y estoy seguro que desde que está disponible en esa plataforma ha tenido menos descargas que la serie de Georgina en un solo día. El público manda, claro, pero el dato demuestra que la educación y una mínima formación intelectual hacen más por la independencia de las mujeres que todos los ministerios y ministerias que se les puedan ocurrir.
Mañana es San Valentín, y una chica de Jaca anda explicando a una audiencia masiva cómo cambió su vida cuando conoció a su príncipe azul, en este caso encarnado en deportista multimillonario. Llevamos dos años de pandemia. Esa realidad trágica, tanto tiempo de sufrimiento físico, psíquico y económico para millones de personas, resta ganas y espacio para tonterías. Por eso se agradece no haber tenido que soportar en esta ocasión una campaña sufragada con dinero público en contra del amor romántico. Como no va a ser difícil desmontar Netflix, para el próximo intento de acabar con el mito de la media naranja propongo un título: Soy Lou.