Desde hace tiempo sobrevuela la idea de que hay demasiada gente en el mundo. Lo leo en los periódicos, me lo dicen amigos copiando la frase de Matrix de que “la humanidad es como un virus, que se expande hasta matar al huésped”. Es continuo el bombardeo mediático que nos transmite las últimas profecías apocalípticas. Aparecen noticias sobre iluminados que afirman que tener niños es inmoral, dada la supuesta sobrepoblación de la Tierra. Si expresas tu escepticismo, te responden “pero los recursos son limitados”, y sí, claro que lo son. Pero ¿acaso sabes tú, alma de cántaro, dónde está el límite y quiénes sobran?
José-Ramón Ferrandis, director del Centro Diego de Covarrubias, nos dirigía a los miembros esta semana su habitual Carta de los Martes explicando las extraordinarias posibilidades del grafeno, material 200 veces más resistente que el acero, capaz de permitir procesar información 10 veces más rápido que el silicio. Ferrandis afirma que son “la imaginación, la ciencia y la técnica las que posibilitan y permiten el avance de la Humanidad”.
Thomas Robert Malthus (1766/1834), presbítero anglicano, también economista y demógrafo, ya se hizo famoso alertando de que la población crecía más rápido que los medios de subsistencia. Sin embargo, desde entonces la población mundial se ha multiplicado, pero los medios de subsistencia han crecido aún más, de modo que el terrícola medio vive hoy mucho mejor que en el XIX. La pobreza extrema va camino de erradicarse. Poca fe tenía Malthus en el mandato divino de crecer y multiplicarse.
Ferrandis nos recuerda que los agoreros han predicho el fin del petróleo en un plazo de 13 años -siempre en 13 años- al menos en 1914, 1931, 1959 y 1977. La realidad hoy es que tenemos un horizonte de reservas para más de 500 años al ritmo de consumo actual, gracias a diversos avances.
Dirá usted, querido lector, que tener petróleo está muy bien, pero que qué hay de los plásticos que invaden nuestros mares y del deshielo de Groenlandia. Habrá que responder que el 95% de los plásticos vienen de sólo 10 ríos, ríos que no están precisamente en países desarrollados. La ecología cuesta dinero, y para garantizar la limpieza del planeta hacen falta muchos recursos. Es decir, que sólo el progreso económico garantiza la sostenibilidad ecológica. ¿O los coches eléctricos y la energía limpia para recargarlos, junto con el tratamiento adecuado de los residuos, se van a conseguir sin dedicarles dinero? Y para el progreso económico hace falta gente trabajando: cuanta menos gente, menos especialistas, menos científicos e investigadores.
Por tanto, los neomalthusianos están aplicando justo la receta opuesta a la necesaria: el veneno en lugar del antídoto. Si lo que necesitamos son más recursos, más investigación y desarrollo, ellos están buscando reducir la población mundial por todos los medios posibles, lo que, además de ser tremendamente inmoral, va a provocar una crisis como no hemos visto otra, comenzando por Occidente y continuando por China y su execrable política de hijo único, de la que ya se arrepienten, demasiado tarde.
Mientras, en Baleares, mi querido Agustín Buades alerta de que por cada euro de ayuda a las familias, se dedican cuatro a políticas feministas y LGTBI, que evidentemente reducen la natalidad. Dicen los neomalthusianos que no nos preocupemos, que los inmigrantes pagarán las pensiones. Pero no sé, a mí me parece que la contribución a las arcas públicas de los recién llegados es tirando a negativa, aparte de otros muchos motivos morales y culturales por los que no acabo de ver con agrado el suicidio occidental. En fin, al menos tenderán a extinguirse algunos que quizás sí sobren: los agoreros neomalthusianos, naturalmente