Alguna vez he explicado ya que durante diez años estuve trabajando como coordinador de vuelo en Son Sant Joan. Había empezado a trabajar como coordinador en 1990 y pensaba que me acabaría jubilando en el aeropuerto palmesano, pues era fijo discontinuo, el sueldo no estaba nada mal y el trabajo en sí me gustaba mucho. Pero en el verano de 1999 decidí abandonar voluntariamente ese empleo para intentar probar fortuna en el ámbito del periodismo. Hasta ese momento, no había trabajado nunca como periodista, pero soñaba con poder llegar a hacerlo algún día, a poder ser no demasiado lejano.
Un buen amigo periodista me había comentado aquel verano de 1999 que él iba a empezar a trabajar en un nuevo diario que al parecer estaba ya a punto de crearse, y me dijo que si yo lo deseaba, podría colaborar en ese medio. Movido por mi habitual ingenuidad, acepté su oferta, convencido de que muy posiblemente se abriría de inmediato ante mí un futuro literario más o menos radiante y esplendoroso. Así que, ya fuera del aeropuerto, me preparé para empezar a colaborar lo antes posible en esa nueva publicación. Sin embargo, aquel diario no se llegaría a fundar nunca, por falta de capital, por lo que de repente me vi sin trabajo y sin sueño, todo al mismo tiempo. Tenía yo entonces 36 años recién cumplidos.
A principios del año 2000, aún no había logrado encontrar ningún nuevo trabajo. En aquel momento, decidí ponerme en contacto con el entonces director de «Última Hora», Pere Comas, a quien no conocía, para expresarle mi deseo de escribir en su diario. Él me pidió entonces que le enviase algunos textos que hubiera publicado previamente, para leerlos y valorarlos. Como yo sólo había publicado unos pocos artículos en algunas revistas comarcales, le envié sobre todo textos inéditos que había decidido escribir para la ocasión.
Uno de esos textos inéditos escritos sólo para Pere, para que descubriera cómo escribía yo, se llamaba «París». Me acuerdo del título no porque tenga una grandísima memoria, sino porque el pasado jueves, de forma casual e inesperada, encontré una copia de dicho texto en una caja de cartón en la que, curiosamente, en principio sólo debía haber recibos, partes médicos y facturas. Es el texto que reproduzco íntegramente ahora a continuación y que sale por vez primera a la luz pública.
Hasta el 23 de enero aún se puede ver en el Gran Hotel de La Caixa la exposición «Pintores españoles en París, 1880-1910», una de las mejores exposiciones de estos últimos meses. Cuando vamos a ver alguna exposición como ésta, de tipo retrospectivo, a menudo nos llega una cierta sensación de tristeza, de nostalgia, por el paso inflexible e inevitable del tiempo. Mirando los cuadros, vemos los rostros de la niña melancólica, de la joven enamorada, del artista bohemio, y pensamos, con melancolía, que ahora hace cien años estaban llenos de vida y de ilusiones, y que ahora ya no están aquí. Sólo nos queda su retrato, su imagen, su recuerdo.
También han desaparecido todas aquellas personas anónimas que, paseando por París, salían en los cuadros sólo como pequeñas sombras, como pequeños puntos de color, sombras y puntos que —como los mismos pintores— han desaparecido ya para siempre. Ya no queda prácticamente nadie de aquel París para podernos contar cómo era, cómo eran sus vidas, si alegres o tristes, si llenas o vacías, si bohemias o regladas. Quedan los cuadros, fotografías, viejas imágenes de algún viejo documental, objetos, y poca cosa más. Como suelen decir los poetas, no es el tiempo el que pasa, somos nosotros mismos.
Y nosotros, que tampoco somos felices, cuando miramos todos estos cuadros pensamos que si hubiéramos vivido en París en aquella época, habríamos tenido una vida diferente: alguien nos habría amado, habríamos llevado una razonable vida bohemia y habríamos paseado por los bulevares bajo la lluvia al inicio de cada otoño. Pero también es razonable pensar que la mayor parte de la gente que vivió en aquellos años no fue tampoco feliz, y también debió soñar poder vivir en otro lugar y en otra época, tal vez cien años más adelante, tal vez en nuestro país.
Unos mirando hacia atrás y otros mirando hacia adelante. Así pasa el tiempo, así pasan nuestras vidas, sin encontrarnos unos y otros, sin saber muy bien hacia dónde mirar para poder ser felices, sin saber que tal vez la felicidad se encuentre en el mismo hecho de poder añorar un pasado un poco mejor o un futuro un poco más tranquilo. Quizás, la felicidad sea sólo eso, tener aún la capacidad de poder añorar. Quién sabe. Quizás.
Siempre he pensado que este fue, muy posiblemente, el texto que más le gustó a Pere Comas de todos los que le entregué entonces. Incluso creo que me lo llegó a comentar. Poco después, Pere me dio la oportunidad de empezar a colaborar en «Última Hora», en donde finalmente pudo hacerse realidad mi anhelo de empezar a ser periodista. De no haber sido por Pere y, en cierto modo, también por París y por mi melancolía, creo que nunca habría podido llegar a ver cumplido mi sueño. Al releer ahora «París», más de veinte años después de haber sido escrito, me pregunto hasta qué punto sigo siendo yo aún el mismo, aunque seguramente la nostalgia de entonces siga siendo todavía hoy casi la misma, quizás algo más suave y serena, como me gustaría que fuera también ahora mi propia vida.