Queremos alimentos de kilómetro cero, pero no queremos granjas próximas. Queremos electricidad abundante y barata, pero no queremos ni generadores, ni placas solares, ni cables que nos conecten con los centros de producción más eficientes allende los mares. Queremos que la industria turística genere ingresos lo suficientemente abundantes como para poder retribuir generosamente a los empleados del sector, pero no queremos turistas que nos saturen las playas o el gratuito túnel de Sóller. Queremos un transporte público de alto nivel, pero no queremos, ni tan siguiera, pagar directamente una pequeña parte de su coste para racionalizar su uso. Odiamos los embotellamientos, pero no queremos ni un metro más de aliviador asfalto. Queremos que los trabajos más duros los hagan otros, no nosotros, pero no queremos que vengan de otros lugares a nuestros barrios, y mucho menos que nos traigan sus costumbres o que no hablen catalán. Queremos alquilar, o vender, muy caras nuestras casas, pero también queremos que nuestros hijos puedan comprar las suyas cerca y a buen precio. Queremos potenciar el sector náutico, pero sin yates. Deseamos tener un buen servicio de taxi, pero no queremos que nadie lo actualice para mejorarlo… y suma y sigue.
Leyendo la prensa oficial, y escuchando algunos discursos políticos, tengo la impresión que, de un tiempo a esta parte, los mallorquines soñamos con una utopía que, poco a poco, se vuelve más exigente, pero qué, al mismo tiempo, es paralizante.
Desde luego atreverse a soñar y a desear mejorar es muy loable. El “sueño americano” está en la raíz de la prosperidad de esa gran nación. Las pequeñas ambiciones de los millones de personas que decidieron establecerse y prosperar en el nuevo mundo constituyen, sin duda alguna, la base de su esplendor. Por ello, no seré yo quien critique anhelar utopías, aunque me temo que las nuestras, a diferencia de las de los yankees, no nos conducen a la acción.
Lo cierto y verdad es que el pensamiento colectivo no existe. Es decir, cada uno de los mallorquines tiene el suyo particular, por lo que las utopías colectivas arriba mencionadas, en realidad, tampoco lo son. En cualquier caso, la observación de las contradicciones expuestas me ha llevado a recordar uno de los primeros episodios de la mítica y magistral serie “Yes minister” de inicios de los ochenta, que intentaba retratar, en clave de fino humor, las disfunciones que heredaba el nuevo y rompedor gobierno de Margaret Thatcher.
En la ficción James Hacker acaba de ser nombrado ministro de asuntos administrativos cuando, a través de una indiscreción de su chofer, se entera de que el hospital que ostenta las mejores ratios de calidad del país no tiene, ni quiere, pacientes, pues, justamente ese es el motivo de encabezar los rankings elaborados desde oscuros organismos burocráticos. Como recién llegado, Hacker considera que su obligación es cambiar tan paradójica situación, sin embargo, el entramado de intereses corporativos y de otro tipo acaba imponiéndose. Así que el flamante ministro no solo los acepta, sino que los asume como parte de su acción política a cambio de una victoria menor que justifique sus primeros días en el cargo.
Por ello, me temo, que este fenómeno mallorquín tiene tres fuerzas impulsoras principales, entre otras muchas, que guardan cierta semejanza con la decadente época del premier James Callaghan, predecesor de Thatcher. Por una parte, el sistema educativo se orienta a lo emocional antes que al conocimiento de lo real. Y además lo hace mediante una organización de tipo monopolista controlada, casi en exclusiva, por el poder político. El pensamiento crítico que se declara promover, no tiene lugar.
Por su parte, los medios de comunicación tradicionales, -hoy devenidos en auténticos dinosaurios sobre los ha caído una tormenta de meteoritos en forma de Internet-, no sólo son incapaces de zafarse del marco mental establecido, sino que corren a las faldas de la sección política que les ofrezca protección. Como decía el anciano Giulio Andreotti les “manca finezza”.
Por último, casi todos los partidos, en su lucha competitiva por el poder, lo prometen todo, incluso aquello que no es posible. Utilizando profusamente a los medios que les jalean, o les rinden pleitesía, sin hacer jamás mención a contrapartidas, contradicciones, incoherencias o límites. De esta forma, los debates de confrontación de ideas dejan de serlo para convertirse en dogmas de tipo cuasi-religioso. La realidad se vuelve tan brumosa que permite vivir en una burbuja.
Así, la mayoría de formaciones políticas han acabado pregonando utopías similares a los nirvanas de muchas creencias espirituales. Los nacionalistas predican que alcanzar la independencia republicana resolverá todos los problemas dels Països Catalans; los voxistas venden la luz divina del final del túnel en la reconstrucción de la gran nación española ahora dividida por las autonomías. Los podemitas y comunistas nos ofrecen el tradicional paraíso marxista envuelto en nuevos embalajes; los socialistas hacen lo propio proponiendo seguir al “gran líder” o (también llamado “puto amo”) en la senda de modernidad y progreso que venza a la fachosfera.
Tal vez los del centro-derecha sean los más realistas, y por tanto, los menos dispuestos a ofrecer glorias celestiales en la tierra, aunque se muestran, con frecuencia, demasiado atentos a conseguir la bendición de sus contrarios, lo cual les lleva, lógicamente, a realizar escasas propuestas genuinamente propias.
En definitiva, las nuevas utopías mallorquinas, como todas las que las han precedido a lo largo de toda la historia universal, no se alcanzarán. El utopismo conduce, como poco, a la melancolía. Por eso mismo pienso que, tal vez, deberíamos tener más cuidado y ser capaces de ser mucho más realistas, pegando los pies en el suelo. Pienso que el momento es sumamente idóneo para elaborar una serie de TV que se titule “Sí, senyor conseller”. Seguro que candidatos a guionista no faltarían, y, al menos, nos lo podríamos tomar con humor.