La Diada organizada por la Obra Cultural Balear dio muestra de que el conjunto de ciudadanos que quieren que la lengua catalana se mantenga viva, útil y necesaria continua siendo bien numeroso.
Sólo cuatro energúmenos nacionalistas españoles pueden estar a favor de una Mallorca monolingüe castellana. Cualquier persona con dos dedos de frente, y algo de cultura, no dudaría en afirmar que el multilingüismo es positivo, que la interculturalidad es uno de los beneficios de la mundialización, y que a partir de nuestra lengua propia –elemento básico para entender cómo vivimos, pensamos y nos relacionamos los mallorquines— el inglés, el castellano, el alemán o cualquier otra lengua no hacen más que hacernos más ricos. Evidentemente, no soy de los que consideran que el inglés y el español son iguales para nosotros. Por proximidad, historia, relaciones, realidad sociodemográfica, etc, el castellano tiene un peso y una transcendencia para nosotros muy superior a las otras lenguas que no sean la catalana.
Y de la misma manera que no niego el castellano, creo que es de idiotas negar la importancia del catalán, por mucho que sea una lengua con un número reducido de hablantes, por mucho que no sea una lengua, todavía, de Estado, por mucho que sea una lengua minorizada en ámbitos como los medios de comunicación, el cine, o muchos otros ámbitos de la vida diaria.
Oír a mallorquines “de toda la vida” decir que eso del mallorquín no sirve para nada es lo más triste del mundo, sobre todo cuando es la lengua en que sus padres les ayudaron a entender el mundo.
Y por todos los elementos expuestos el Govern y el resto de instituciones deberían guardar como oro en paño nuestro bien cultural más preciado, nuestra lengua. Y no hablo de guardar dentro de un cajón –que es lo que algunos querrían-; hablo de mantener viva, de valorar, de usar, de difundir y de estar orgullosos de tener un elemento que nos diferencia del resto de la humanidad, que nos hace singulares, únicos y más culturalmente ricos.