La aviación es un mundo apasionante y, cuando se gestiona adecuadamente, un gran negocio que, por ello, atrae capitales, inversores y hasta personajes pintorescos.
El florecimiento del modelo low cost, desarrollado bajo fuertes incrementos del precio de los combustibles y al tiempo de la irrupción social de una generación acostumbrada a lo barato y malo desde la infancia, ha conllevado la pérdida continuada de servicios al pasajero en la totalidad de las compañías aéreas y su sustitución por sucedáneos de pago. Volar hoy es para el pasajero mucho peor que hace diez o quince años, sin duda, aunque los aviones tengan wifi y podamos seguir conectados, obsesión enfermiza de nuestro tiempo.
Los asientos están cada vez menos separados, lo que hace el vuelo incómodo, agobiante y hasta peligroso para la salud. El catering incluido en el precio del billete, que se servía en todos los trayectos de una mínima duración hasta hace solo unos años, ha dado paso a una limitada oferta de sándwiches y comida basura que las personas normales consumimos únicamente cuando está en juego nuestra supervivencia.
Para que un pasajero pudiera recuperar el nivel perdido en las últimas décadas sería necesario volar en una compañía high class y pagar por cada uno de los servicios que ya no se ofrecen dentro del coste habitual de un pasaje.
En las low cost, ni pagando uno puede tener un asiento decente, evitar que le monten una rifa o acceder a una comida digna de tal nombre.
Pero lo preocupante de este fenómeno no es solo que haya provocado que todas las compañías estén reduciendo costes para poder competir, sino que en ocasiones estos costes se recortan de cosas tan sensibles como poder garantizar la programación con una flota y tripulaciones suficientes -caso de Vueling-, o de sacrificar la normativa de seguridad aérea de los países más avanzados -caso de Ryanair en España y otros países-, incentivando que las tripulaciones hagan más horas de las razonables y aplicando legislaciones de países europeos que practican el dumping más descarado al resto, como es el caso de Irlanda.
Esta semana, una veintena de escolares mallorquines de viaje quedaron atrapados casi un día entero con sus monitores en un aeropuerto europeo, porque Vueling, además de fracasar de forma repetida en la programación de sus vuelos, incumple olímpicamente la normativa que le obliga a proporcionar alojamiento a los pasajeros que, gracias a su catastrófica gestión, tienen que hacer noche en tierra. Son ya demasiadas las portadas que acapara esta low cost española, auténtica líder en el ranking de dejar tirada a la gente y en no dar explicación alguna. Esa es su verdadera ‘marca’, en términos de márketing.
En el otro lado, mientras el antipático Michael O’Leary hacía público ayer que había adquirido por 10 millones de euros un palacete barroco en nuestra cada vez más impersonal Ciutat, sus empleados iban a la huelga por las condiciones tercermundistas en las que se ven obligados a prestar servicios, y ello bajo amenazas a diestro y siniestro de la dirección de la compañía, que debe pensar que esto no es Europa, sino África en 1880.
La última ocurrencia de este estrambótico personaje ha sido la de afirmar públicamente que, si no puede desarrollar su ‘modelo de negocio’, abandonará nuestro país. No caerá esa breva. Más allá de las molestias iniciales, no se perdería gran cosa, porque si algo tiene este fungible mundo aeronáutico es la fulgurante velocidad con la que se sustituyen unos operadores por otros.
Ryanair ha reventado el mercado a base de estabular al pasaje y pagar poco a un personal que, al fin, ha dicho basta ya. Y bien que lo celebro, aunque con ello acabe con el ‘modelo de negocio’ decimonónico de Mr. O’Leary.