Roles masculinos

Playa de Palma, viernes pasado. Durante un concierto multitudinario de una conocida cadena de radio -cuyo lamentable servicio de seguridad debiera ser causa de su prohibición a futuro- un grupo de jóvenes, en su mayor parte magrebíes, provoca diversos altercados, sin que ningún responsable avise a la policía ni se proceda a su detención.

Acabado el concierto, esta auténtica ‘manada’ de descerebrados comienza a acosar a dos chicas españolas de 14 años, haciéndoles -en grupo, pues ya se sabe de la proverbial valentía de esta ralea- insinuaciones sexuales e intentando toquetearlas, ante lo cual ambas, naturalmente aterrorizadas, se defienden con manotazos y patadas, consiguiendo zafarse momentáneamente del ataque de aquella chusma y avisar al hermano mayor de una de ellas, que acude al instante.

El chaval, mallorquín de 16 años, se encara a los agresores -una veintena, muchos de ellos, mayores de edad- que, sin que ninguna autoridad intervenga, lo rodean y le propinan una paliza que solo ante la evidencia de que aquello puede terminar en un brutal homicidio provoca que uno de ellos -seguramente, el ‘menos malo’ de la jauría- ponga fin a la ‘fiesta’.

La moraleja es que, si la agresión sexual se hubiera consumado, hoy las portadas de los periódicos de toda España vendrían llenas de declaraciones de miembros del Govern y manifestaciones organizadas por entidades del feminismo progre oficial, pidiendo castraciones -merecidas, no lo dudo- y hasta las penas del infierno para los violadores.

Sin embargo, la intervención providencial de un aprendiz de hombre -en mayúsculas-, frustrando las desviaciones lúbricas de aquella piara de cobardes machistas irredentos evitó, con un alto coste personal, que la agresión sexual a dos chicas se consumara.

En consecuencia, no se ha producido ni una sola declaración, ni de miembros del ejecutivo, ni del ayuntamiento -que permite fiestas multitudinarias sin la debida seguridad-, ni, por supuesto, de ninguna entidad en cuya denominación aparezca la palabra “Dona”. No interesa.

Y no interesa porque de lo que se trata es de proscribir cualquier comportamiento que vaya asociado a los roles tradicionalmente masculinos y, naturalmente, es mucho más sencillo atacar a una manada de agresores cuando estos han consumado su crimen -especialmente si fueran de origen español-, que ensalzar la actitud inequívocamente masculina -de hombría de bien, que se decía cuando ello no era delito- de quien puso en riesgo su propia vida para evitar la violación grupal de dos chicas menores de edad, como seguramente hubiera hecho también ante cualquier injusticia cometida contra personas en situación de inferioridad.

Ese es el comportamiento que yo hubiera esperado de mi propio hijo, y por ello bendigo la tierra y la cultura que vio nacer a nuestro joven y magullado héroe.

Y, desde luego, no existe mejor expresión para alabar su altruismo que ésta: Olé tus huevos, chaval.

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