Hay que sentarse un momento, cerrar los ojos y recordar que llegó a La Moncloa un 1 de junio de 2018. Es decir, lleva dos años largos en el poder y si ha hecho algo, ha sido engañarnos. La última vez hoy, con el cese de un hombre absolutamente incompetente que es auspiciado para solucionar el mayor de los problemas en la historia de España, el independentismo catalán. Se va, tan campante, rememorando a la Piaf con eso de que “no se arrepiente de nada”. Lógico, para arrepentirse hay que mirarse en el alma, en la conciencia, en el sentido ético o moral de la conducta. Y donde no hay moral, ni ética, ni sentido común tan siquiera, es imposible que haya arrepentimiento. Illa se va, entre aplausos de sus colegas se supone ― el comunista es mucho de eso de auto aplaudirse ―, y deja tras de sí a un país que está en la cima mundial del descontrol sanitario, económico y funerario. No, Illa nos ha cantado «Non, je ne regrette rien», pero, lamentablemente, tampoco se arrepienten ya los cerca de cien mil fallecidos ni los millones de contagiados, ni los otros millones de parados, semi parados, quebrados o semi quebrados. Estos tampoco se arrepienten de nada por la sencilla razón de que no han hecho sino soportar, estoicamente, una nefasta gestión surgida de una ignominiosa ley habilitante, consentida por políticos vacuos de ideales y valores.
En multitud de artículos se detallan todos los errores cometidos por el gobierno, por la oposición, por los sátrapas autonómicos, por los expertos en vender humo, por los técnicos del mercantilismo, por los creadores del voto animoso. No es necesario repetirse, ni cuando un ministro de Cultura ― ¡existe, existe! ― nos habla de la «religión de la laicidad» como confesión del Estado, desmembrando no al islamismo, al evangelismo, al luteranismo, sino al catolicismo. De eso se trata, de echar cruces en vertederos, mientras se van llenando los cementerios. No hay pintadas ni en las sinagogas ni en las mezquitas; no se prohíben las multitudes los viernes, pero sí los domingos y fiestas de guardar. Dos personas, solo dos, están autorizadas, por el gobierno socialista valenciano, y es generoso comparado con el popular castellano leonés que ha cerrado al culto la inacabada catedral de Valladolid. Así se hace patria, elevando al hombre a un limbo divino, y eliminando a Dios para colocar al Estado-dios en su lugar.
Y sigue uno pensativo, con los ojos cerrados o abiertos, tanto da, e igual cae en la cuenta de que, esa indolencia, esa desesperación por una silla en una terraza o un lugar en una barra del bar, no es sino producto de una vacuidad social, moral y cívica que atufa a toda la sociedad española. Estamos soportando, amilanados, adormecidos, que un gobierno esté estableciendo un régimen nuevo, sin que le hayamos dado ni pie ni voto ni permiso, tan siquiera, para cambiar historia, sistema, lengua, territorio, ley, derecho, propiedad, a su libre antojo, al capricho de su única ambición, el poder. No se ha quemado el Reichstag, pero se ha cerrado el parlamento. No se ha derogado la Constitución, pero se está manejando mediante la habilitación pertinente. Se infringen derechos, se imponen otros, se crean nuevos sacados de la manga y el español sigue impasible; se ha comprado una bata oscura y no se la quita en todo el día, no puede salir de casa. Y se conforma por la ladina razón de que, desde tiempos atrás, se le ha dicho que no es precisa la urbanidad, que educar en valores no es necesario, que la verdad no es una virtud en polìtica, que la ambición de poder no es mala, que la libertad no es elegir el bien sino el bienestar, que el simple ocio es cultura, que la formación no es imprescindible, que no hay hombre ni mujer sino «género», que el pensamiento no es libre, que el Estado es soberano…, que la religión católica, no el islam, no el luteranismo, el catolicismo debe erradicarse de la vida pública y encerrarse en la penumbra privada.
Por encima de tal panorama el tufo a totalitarismo lo impregna todo. Desde la política hasta el pensamiento. Todo es objeto de ley, de norma, de prohibición, de eliminación, de sanción. Hasta el pobre Dumbo o Peter Pan han caído en desgracia, Y le seguirá el Micky por hetero y Gastón el acosador y el mundo seguirá girando libremente, porque no le cuesta esfuerzo alguno al hombre. Ni a la mujer. Esta sufrirá el don de la maternidad como un sanción de la Ley Celeste constatada por Cicerón. Se puede ser mujer, fémina, pero madre, no. Está feo eso de dar a luz y procrear y educar en valores. Solamente puede haber un dios, un pensamiento, un valor, una religión, un criterio, el surgido del Jefe Supremo que se ha auto habilitado para mandar sobre el pueblo. El pueblo que vive en una saturnal diaria respirando la invención de que estamos gobernados por seres decentes, competentes, honestos, sinceros, altruistas, pródigos, entregados, leales, sinceros. Y entretanto respiramos ese cúmulo de fragancias, en la creencia interior de que somos libres y autónomos e independientes, no vemos que nos han colocado el delantal de la esclavitud y la heteronomía.
Tiemblas de nostalgia si recuerdas a Montesquieu cuando proclamaba que las leyes deben acomodarse a la naturaleza de las cosas no al capricho del legislador. Ninguno de los hombres o mujeres que nos gobiernan desde cualquier institución tiene remota idea de quién fue Montesquieu.