La cuerda catalana está llegando a su máximo grado de tensión. Se espera una masiva asistencia de soberanistas en la concentración de este jueves en Barcelona. Sus organizadores dicen que será la manifestación más grande de la historia de europa, Por su parte, Madrid está descargado todo su inmenso potencial de fuego mediático contra Jordi Pujol y su familia porque les han pillado dinero opaco en Andorra.
A la absoluta falta de entendimiento entre Rajoy, máximo responsable de la derecha española, con Artur Mas, máxima cabeza de la derecha catalana, viene a unirse un enorme despliegue propagandístico a uno y otro lado del Ebro que nada bueno augura por su cada vez más intensa agresividad. Parece como si tanto en Madrid como en Barcelona se hubiese perdido la capacidad de diálogo, como si las ganas de confrontación superasen a la voluntad de pacto, como si el sentido común se hubiese desvanecido entre tanta pugna.
Rajoy, que tan buen trabajo está haciendo para conseguir la recuperación económica española, ha enfocado mal la cuestión catalana desde que llegó a Moncloa. Desde el primer momento, los catalanes -pueblo escaldado donde los haya- se dieron cuenta de que Rajoy quería aprovechar las ineludibles medidas de austeridad para articular un proceso de recentralización y de recorte de competencias autonómicas. En Barcelona se indignaron. Acto seguido, el ministro de Educación, José Ignacio Wert, no tuvo otra ocurrencia en el Congreso que proclamar su famoso "hay que españolizar a los niños catalanes". Más leña al fuego. Aquello fue el alea jacta est de este largo, duro e hiriente pleito. La consecuencia ha sido que los últimos 11 de septiembre se han convertido en grandes concentraciones soberanistas mientras el Parlament catalán impulsaba la ley de consultas y se vivía un espectacular ascenso de Esquerra Republicana.
Lo más curioso es que tanta crispación se ha producido bajo la sensación de que Rajoy y Mas están condenados a entenderse. Una ruptura supondría una catástrofe económica para ambos lados del Ebro. Buena parte de Península depende de la industria catalana, especialmente de la alimenticia. Pero sin el resto de la Península las empresas catalanes quedarían sin una cuota importantísima de mercado. El resultado de este choque huele ruina colectiva.
El pragmatismo impone sentido común, pero sin prepotencias ni prejuicios ideológicos. Rajoy debe abandonar sus obsesiones recentralizadoras, que a nada conducen en una nación donde su periferia costera es el sostén del centro mesetario. Enviar demasiado dinero al poco productivo y funcionarial Manzanares asfixia a las comunidades más punteras situadas junto al mar.
El acuerdo sólo es posible desde la más profunda reflexión, con humildad, sin vencedores ni vencidos y sabiendo todos que de esta ruptura traumática nadie obtendrá beneficios. Hace falta un anuncio formal de Rajoy de que dejará de exprimir a las comunidades más dinámicas y que respetará todos los derechos de los catalanes y equilibrará su balanza fiscal. Con estas premisas, el pacto es posible. Tan posible como imprescindible para todos. Están condenados a entenderse.