Que corra el aire

Las estadísticas revelan que España se encuentra entre los países que peor están gestionando la pandemia.

En marzo pasamos drásticamente de llevar una vida totalmente normal a tres meses del confinamiento más radical. Tras el confinamiento volvimos a una vida casi normal, dando lugar, junto al descontrol de las fronteras, a esta segunda ola, en la que las normas, a menudo inadecuadas y hasta absurdas, casi siempre ininteligibles, cambian constantemente dependiendo del momento y lugar.

A ello se suman los cambios de criterio, cuando no las mentiras, de las autoridades, junto a la falta de una información clara y constante y de una comunicación eficaz sobre las medidas necesarias para prevenir el contagio.

Todo ello ha generado una gran confusión, y en ocasiones un hastío, que conducen al incumplimiento de las medidas. También hay gente que simplemente no puede permitirse cumplirlas, y no se ha previsto nada al respecto (por ejemplo, quienes no pueden permitirse una cuarentena).

La salida fácil de un gobernante ante un problema consiste en dictar normas y crear comisiones. Eso le permite salvar la cara, pero no siempre es eficaz, si la norma no está bien pensada o no se acompaña de explicaciones convincentes. En un país tan acostumbrado a la regulación exhaustiva de cada detalle, y en el que muchos se han acostumbrado a no pensar y a esperar del Estado la solución de todos los problemas, la responsabilidad individual se va perdiendo, entrando en un círculo vicioso: ante la falta de responsabilidad de los ciudadanos, es preciso dictar más y más normas y destinar más y más recursos a asegurar su cumplimiento. Además los gobernantes tienden a considerar únicamente las consecuencias inmediatas de sus normas, ignorando las remotas, con lo que a menudo es peor el remedio que la enfermedad. “El arte de la Economía consiste en considerar los efectos más remotos de cualquier acto o política y no meramente sus consecuencias inmediatas” (Henry Hazlitt, “Economía en una lección”). Pero para eso hace falta inteligencia y buena fe. No es el caso.

Por todo ello conviene difundir algunas recomendaciones básicas, porque, querido lector, ya es hora de que nos impliquemos, en lugar de esperar a que nos lo resuelvan los políticos. No saben. ¿Y qué podemos hacer para contribuir a resolver este problema, que tantas muertes, sufrimiento y ruina económica está provocando? Pues sencillamente, tratar de evitar contagiarnos. Seguramente usted ya hace cuanto puede. Pero aquí van algunas pistas por si acaso:

  1. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos acaba de reconocer oficialmente que el coronavirus se transmite por el aire: “A través de gotitas respiratorias o pequeñas partículas, como las de los aerosoles, producidas cuando una persona infectada tose, estornuda, canta, habla o respira”. El asunto aún es controvertido, pero yo creo que por prudencia debemos asumir que es así.
  2. ¿Qué implica esto? Pues que lo esencial es evitar respirar el mismo aire que otro. Para ello es fundamental mantenerse a distancia, estar al aire libre o al menos mantener ventiladas las habitaciones, usar la mascarilla siempre que falte esa distancia o estemos en espacios cerrados, y limitar el tiempo en que estamos con otros en esas condiciones. Recordemos también que la mascarilla ayuda, pero no te hace invulnerable (salvo las FFP2, y ni aun así).
  3. Los principales factores que incrementan el riesgo de contagio son, por tanto: espacio cerrado, proximidad interpersonal, ausencia de mascarilla, y tiempo. Cuanto más tiempo estemos respirando aire infectado, más carga viral recibiremos.
  4. A este respecto, un importante estudio publicado recientemente en el New England Journal of Medicine sugiere la efectividad de las mascarillas en la reducción de la carga viral, con la consecuencia del incremento de infecciones asintomáticas o leves. Es decir, podríamos estar inmunizándonos gracias a que con las medidas de seguridad recibimos cargas virales más bajas, siendo éste al parecer un factor determinante en la gravedad de la enfermedad.

Así que tomándonos en serio estas sencillas medidas, contribuimos no sólo a ahorrarnos una enfermedad que puede ser grave y hasta mortal, sino que estamos siendo responsables y solidarios, para ayudar a solucionar un tremendo problema común que nos está causando a todos un perjuicio irreparable.

PD. Dedicado a aquella buena anciana que, estando la iglesia vacía, fue a arrodillarse detrás de mí, a 20 cm de mi cogote y a quienes, a pesar de todo, siguen sin tomar precauciones.

PPD. Donde más hace falta que corra el aire es en la Fiscalía y, por supuesto, en el Gobierno.

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