En nuestro entorno la llegada de septiembre siempre ha sido sinónimo de final del verano, conclusión de las vacaciones, retorno de la segunda residencia, los que la tuvieran, e inicio inminente del curso escolar. De hecho, con pequeñas diferencias, ello es así en casi todo el hemisferio norte, al menos en Europa, desde que nuestras sociedades implantaron, no todas a la vez, la educación obligatoria y gratuita para todos los niños (y niñas) y acabaron con la lacra infame del trabajo infantil.
La educación obligatoria universal es una bendición y uno de los mayores avances sociales de la humanidad, como queda patente en los resultados de alfabetización en aquellos países que la implantaron hace décadas, o siglos en algún caso, así como en los inaceptables índices de analfabetismo donde no existe, o no se cumple, o se ha revertido, como en Afganistán para las niñas.
Pero también es un instrumento utilizado por los gobernantes de regímenes dictatoriales, autoritarios o democracias nominales pero no consumadas, para implantar currículos educativos sesgados, falseados o directamente inventados, auténtica propaganda, para mantener a sus ciudadanos más jóvenes en la ignorancia, o peor, en el desconocimiento y así poder adoctrinarlos según los intereses de la minoría dominante.
Eso ha pasado incluso en sociedades democráticas, pero éstas suelen tener mecanismos compensatorios de contrapoderes para equilibrar, al menos en parte, los desvíos provocados por los políticos de turno y los grupos de presión. En los últimos tiempos, sin embargo, estamos asistiendo a un avance rampante de contenidos anticientíficos, propaganda sectaria y desinformación deliberada bendecido por poderes políticos y judiciales locales o estatales en algunos países democráticos, pero en los que están fallando lastimosamente los contrapesos, debido al crecimiento del fanatismo y la intolerancia entre la población. Este fenómeno es particularmente evidente en Estados Unidos, pero se está produciendo también en algunos países europeos.
Aquí, sabemos bien, los que tenemos cierta edad, lo que era la educación durante el franquismo y su obsesión permanente por el adoctrinamiento. Todos recordamos la asignatura obligatoria de Formación del Espíritu Nacional, con los infames libros de la colección Vela y Ancla de la editorial Doncel, pero también de todas las mentiras, inexactitudes, tergiversaciones y ocultaciones a las que nos sometieron, sobre todo en las asignaturas de historia, ya fuera de España, Universal o del Arte. Por fortuna tantos esfuerzos y afanes no tuvieron demasiado éxito, ya que muchos de nosotros llegamos a adultos libres del virus franquista-
Ahora es peor, porque el adoctrinamiento se produce en un contexto de crisis económica permanente y, más importante, de pérdida de confianza en los valores de la democracia representativa y de bombardeo constante de falsedades y propaganda en las redes sociales, algo en lo que los grupos sectarios, políticos, religiosos y de todo orden, son unos verdaderos maestros. Aquí, en España, también es expresión de un cierto fracaso de nuestro sistema educativo en democracia. La denominada por nuestros políticos “generación mejor preparada de la historia”, con un triunfalismo vacuo e injustificado, está frustrada por la falta de expectativas, pero también aquejada de severas carencias, que la hacen pasto fácil de los emisarios de las mentiras y el extremismo. Muchos de esos jóvenes “mejor preparados de la historia” son semianalfabetos funcionales, saben leer pero apenas entienden lo que leen y, sobre todo, carecen de suficiente capacidad de discernimiento, lo que los convierte en un blanco fácil para todo tipo de charlatanes, embaucadores, antivacunas y salvapatrias.
La enseñanza es competencia de las comunidades autónomas y está bien que así sea, pero la presencia de Vox en el gobierno de muchas de ellas tras las últimas elecciones, entre ellas la nuestra, aunque nominalmente no forme parte del govern, constituye un enorme peligro de involución al que todos los ciudadanos deberemos estar atentos, para responder como corresponda.