Los resultados de las elecciones repetidas han dejado un panorama similar a las de abril, en cuanto a resultados globales de lo que se denominan “los bloques”, aunque mucho más complicado por la irrupción en el Congreso de más partidos o listas electorales que nunca, hasta 16, y el cambio muy significativo en el bloque de derechas de la subida meteórica de Vox y el hundimiento catastrófico de Ciudadanos.
Pedro Sánchez provocó, fingiendo inocencia, la convocatoria de unas nuevas elecciones pensando que mejoraría su posición y estaría en condiciones de formar un gobierno monocolor, eligiendo los apoyos parlamentarios necesarios según el momento y la circunstancia. La jugada le ha salido fatal. Se encuentra en una situación parecida, pero peor. Tiene menos escaños, sus posibles socios a la izquierda también tienen menos escaños y su posible socio a la derecha ha quedado triturado.
En abril, podía hacer una coalición de gobierno con Ciudadanos que sumaba mayoría absoluta. Es cierto que, en este caso, fue Albert Rivera el que se negó en redondo a contemplar dicha posibilidad. También podía hacer una coalición con Unidas Podemos y conseguir la investidura en segunda votación con la abstención del PNV y de ERC, pero estuvo claro desde el principio que no quería la opción de un gobierno de coalición. Incluso llegó a manifestar que no podía aceptar a Pablo Iglesias en el gobierno, suponiendo que ello provocaría el rechazo frontal del partido de izquierda alternativa y le daría la excusa para avanzar hacia unas nuevas elecciones, que era lo que de verdad tenía decidido.
Pero, para su sorpresa, Iglesias aceptó el veto y, cogido por sorpresa, hizo una oferta de coalición que era una nueva humillación para Podemos, que ya no pudo ser aceptada y aprovechó la coyuntura para inmediatamente retirar la oferta de coalición y exigir el apoyo parlamentario de Podemos a un gobierno monocolor, basado en un supuesto acuerdo de programa de gobierno.
Cuando se vio claro que esto era inaceptable, se negó a negociar ninguna otra alternativa alegando que no quería depender de partidos independentistas y que le quitaba el sueño tener ministros de Podemos en el gobierno en caso de conflicto en Catalunya. Y provocó irresponsablemente la inevitable convocatoria de nuevas elecciones, pensando que las encuestas le favorecían. Ahora está en una situación parecida, pero peor. Ha conseguido hacer un pan como unas hostias y le ha quedado cara de tonto. De hecho es uno de los principales candidatos al premio de tonto del año 2019.
Claro que para ese título tiene un oponente de muchos quilates. El Sr. Albert Rivera, después de los resultados de abril, podría haber llegado a un acuerdo con el PSOE y ahora sería vicepresidente del gobierno de España y su partido formaría parte del gobierno, teniendo un papel determinante en la gobernanza del país. Quería convertirse en el líder carismático de la derecha española y, en cambio, se ha hundido electoralmente hasta casi la irrelevancia, con lo que ya no puede aspirar a nada que no sea tener un papel residual, quizás contribuyendo con la abstención a una investidura en segunda votación del Sr. Sánchez. Otro candidato al premio de tonto del año 2019.
Y no podemos olvidar a su adlátere, la Sra. Arrimadas, que el último día de la campaña electoral afirmaba muy convencida en un mitin: “huelo a remontada”. Que Santa Lucía le conserve la vista, porque de olfato anda muy necesitada.
Y lo más triste es que todos ellos y algunos más, son candidatos a otro título, el de irresponsables del año.