Una expedición científica ha encontrado el Endurance, la legendaria embarcación que se hundió en 1915 cuando Ernest Shackelton trataba de atravesar la Antártida de punta a punta. Este descubrimiento a 3000 metros de profundidad parece un regalo póstumo al mito irlandés de la exploración polar, ahora que se acaba de cumplir el centenario de su muerte. Cuenta la leyenda que Shackelton publicó un famoso anuncio en The Times para reclutar a la tripulación, ofreciendo paga escasa, frío intenso y escasas posibilidades de supervivencia. Eso sí, en caso de volver vivos prometía honores y reconocimiento.
Nadie ha localizado el anuncio original en los archivos del periódico, así que lo más probable es que no existiera. Sea como fuere, es una de esas bellas mentiras más cierta que muchas verdades, porque tras el naufragio los 28 tripulantes del Endurance, incluido un polizón que se coló, cobraron poco, soportaron temperaturas de sesenta bajo cero y sobrevivieron milagrosamente durante 21 meses, hasta que fueron rescatados.
El liderazgo de Shackelton, la capacidad para motivar a sus hombres, el trabajo en equipo y su habilidad para resolver conflictos se siguen estudiando un siglo más tarde en las escuelas de negocios. Es una historia portentosa de subsistencia precisamente porque morir por congelación es uno de los finales más pacíficos que existen. Es fácil abandonarse a ese frío inhumano porque el cuerpo se apaga como una vela, la visión se nubla a cámara lenta, la respiración se alarga como la de un bebé dormido. Así hasta llegar a la última bocanada de oxígeno, el último sueño, y ya. Es un óbito indoloro, sin estertores ni agonías, pero ni uno solo de aquellos hombres se rindió. Nadie eligió la salida más rápida y sencilla.
Por increíble que parezca, cuando el cuerpo humano se somete a un frio extremo el dolor es la esperanza, o sea, la posibilidad de sobrevivir, o esquivar las amputaciones. A mí una vez el tormento de unos dedos entumecidos a treinta bajo cero y casi 7000 metros de altitud me hizo llorar más de emoción que de dolor, al constatar que la sangre aún pugnaba por llegar a mis extremidades. El sosiego momentáneo de no sentir daño hubiera supuesto el inicio del desastre. Por eso es importante continuar en movimiento, desplazar como puedas los pies y agitar las manos para que el dolor se intensifique hasta lo insoportable. He aquí la paradoja perfecta del dolor asociado a la vida, tan difícil de explicar y de entender en la sociedad mullida que habitamos.
No hace falta someter al cuerpo a semejantes penalidades para verificar esta contradicción. Hoy, en el calor del nuestro hogar, si el corazón no sufre viendo un informativo de televisión es que, de alguna manera, estás empezando a morir. Durante los primeros días de la invasión de Ucrania dosifiqué las imágenes del drama a las que me exponía. En realidad eran todas parecidas: el llanto de un padre en una morgue abrazado al cuerpo de su hijo adolescente, gritos desgarrados, miradas perdidas, el horror en rostros salpicados de sangre, carreras hacia ninguna parte, incubadoras hechas añicos, cadáveres que se divisan a distancia como bultos sospechosos … Esta es la versión apta para casi todos los públicos de una guerra desigual, pero no hace falta bucear demasiado en la red para encontrar cráneos abiertos, cuerpos carbonizados y fosas comunes.
Como sucede en cada conflicto bélico, se siguen escuchando críticas a la publicación de las imágenes más crudas de esta masacre, pero yo pienso que nos quedamos cortos. Ya no dosifico la atrocidad porque creo que es necesaria esa constancia gráfica para provocar el dolor, porque es ese dolor el que certifica que seguimos moralmente vivos. El día que cambiemos de canal de televisión, que pasemos la página de un periódico o apaguemos la radio hartos de sufrir por el dolor ajeno empezaremos a olvidar, que es una forma indolora de morir, como la congelación.
En su carrera por conquistar el Polo Sur Shackelton perdió frente Amundsen, sin embargo pasó a la historia como un vencedor. El poeta Ben Clark lo explicó así en el prólogo de “Los últimos perros de Shackelton” (Editorial Sloper): “Quizá sea este su verdadero legado: hacernos entender que las fuerzas hostiles de este globo pueden ser domadas; que no hay más que enfrentarse a las olas, plantarle cara al viento, que el frío es una palabra muy pequeña en casi todos los idiomas, pero el amor, en cambio, no entiende de distancias ni de rumbos, que al enfrentarse a él toda determinación es poca y los planes no sirven para nada”.
Volodomir Zelenski no va conseguir que toda la población ucraniana sobreviva a los obuses rusos pero, al igual que Shackelton, está organizando de manera ejemplar su resistencia en unas circunstancias dramáticas, manteniendo la moral de sus ciudadanos y evitando que se abandonen a la solución más fácil: imitar a Bielorrusia y convertirse en una gigantesca provincia de Putin. Zelenski se ha ganado el derecho a adoptar la consigna familiar de los Shackelton: “By Endurance We Conquer”. Porque resistimos, conquistamos… al menos los corazones de los moralmente vivos.