Se han entregado los premios Goya otro año más, con la llamativa victoria de Campeones, y el discurso de un actor revelación que, casi, se atreve a preguntar a los asistentes cuál de ellos le habría abortado. Y es que, de repente, el síndrome de Down vende. Sin embargo, independientemente de que el cine español no lo haga ― en 2017 recaudó 23 millones de Iva y recibió 77 millones en subvenciones ―, lo cierto es que ninguno de los jerarcas de esa industria, se ha preguntado si realmente el producto interesa a la mayoría de los españoles o, simplemente, a fijos adoradores de determinados productos cinematográficos por su autor, no por su contenido. Sea por lo que sea, aparte del discurso del actor premiado, otra frase se ha venido a unir a la del Ministro de Cultura del gobierno del veleta Sánchez, relativa a que Hernán Cortés es un personaje incómodo entre los mexicanos. Y por lo que expulsó el guionista, también premiado, un guion sobre la vida y aventuras de Blas de Lezo, no le interesa por que «no le da la puta gana». Y ante tan rotunda afirmación de rechazo, de desprecio para un héroe de nuestra historia, no es difícil imaginarse que habrían hecho en Hollywood con un personaje que, sin un ojo, sin una pierna, fue capaz de enfrentarse a toda la armada británica en pleno siglo XVIII, superando con creces las heroicidades de un comandante de Master and Comander o de cualquier otro trotamundos interpretado por John Wayne.
Pero no, ni Blas de Lezo interesa, ni Cortés puede ser objeto de atención histórica en México. Hay que esconderlos, según el cultureta de turno, para no herir supuestas sensibilidades ajenas. Mientras tanto, calles, plazas y estatuas se levantan en ciudades españolas, como Málaga, en honor de un felón como Simón Bolívar, y no hay ninguna sensibilidad herida. Aunque el nombre, o sea Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, se asocie a una Venezuela en plena hambruna, traidor al verdadero caudillo independentista Francisco de Miranda, favorecedor de la anulación de la emancipación de los esclavos proclamada por el otro libertador San Martín, la muerte de miles de soldados y civiles realistas o de la implantación del tributo al indígena, los cuales para el aristócrata caraqueño eran «seres incapaces de una concepción política». Sin duda ganó muchas batallas contra el imperio español, pero no fue capaz ni de lograr la Gran Colombia ni de morir, a los 47 años, en territorio que no fuese español, como lo era la quinta del hidalgo español don Joaquín de Mier, en San Pedro Alejandrino, Colombia.
Aunque, Bolívar sí coincide con el conquistador Cortés, en gozar de un similar recuerdo; el Paso de los Andes, como Hernán el Paso de Cortés. El primero en la parte andina colombiana, mientras el segundo a 3600 metros de altura, trascurre entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, dando acceso al valle de México. Hazañas destacadas por las circunstancias orográficas y por los medios técnicos disponibles en aquellos tiempos.
Lamentablemente, no existe satisfacción compartida por un Guirao más próximo al aplauso a la Leyenda Negra que al ensalzamiento y reconocimiento de la gran gesta conquistadora, educadora, evangelizadora y modernizadora de la Tierra Firme, y de México en concreto. Una Leyenda Negra que oculta que la caída del imperio azteca representó el final de los dioses sanguinarios, del sometimiento de los pueblos vecinos al azteca, de los ritos sangrientos y, por encima de todo ello, significó el comienzo de la fusión de pueblos, conquistador y conquistado. Pero, no, acudir a la verdad no interesa al socialista Sánchez., aunque la hemeroteca le delate una vez más, aun no siendo el protagonista, en este caso.
“¿Quién puede negar la grandeza a la obra de España en América? ¿Y quién puede negar la grandiosidad de esa misma obra en las tierras de México? Los templos, los palacios, las casonas andaluzas y extremeñas del tiempo colonial, esa arquitectura maravillosa en que, asegurada la comodidad, el arte, para ornarla, se entretuvo en exquisiteces, eso ¿qué es, sino español? Mientras las soberbias catedrales se levanten en vuestro suelo, y permanezcan erguidos los magníficos palacios, hasta no derrumbarse las casas de bello patio interior que recuerdan a Andalucía; en tanto todas esas edificaciones subsistan, España estará aquí, amorosamente, no imperiosamente, pero estará, y la huella de su genio resultará imborrable”. Tales palabras, dichas por allá 1940, no surgieron de un ministro franquista, ni de un autor teatral monárquico, sino de un orondo republicano socialista llamado Indalecio Prieto.
Quien todavía añadió; “Idioma, costumbres, cultura, religión, todo eso trajo España a México. Pero, además, cualesquiera que sean las salpicaduras crueles de la conquista, y que se hayan repetido durante la dominación –¿qué conquista y qué dominación están libres de ellas? – queda aquí un testimonio irrecusable del sentido humano que tuvo la empresa española. ¿Cuál es ese testimonio? Los millones de indios que todavía pueblan el territorio mexicano. España no los exterminó, sino que respetó su vida”.
Parece ser que Prieto no consideró «complicado» referirse a España, ni al paso de Cortés por la Nueva España, en el aniversario de la proclamación de independencia mexicana. Igual, sí estaba orgulloso de ser español, a diferencia de Guirao y compañeros socialistas.