El calificativo es propiedad de un visitante que la semana pasada estuvo por motivos laborales en Palma y que no tuvo una buena experiencia con el servicio de taxis. “He estado casi una hora esperando un taxi y al final he tenido que hacer una llamada y pedir un favor para que pasaran a recogerme por el hotel porque, si no, no llegaba. No es normal que no haya taxis. Me parece increíble. Palma se está convirtiendo en una ciudad antipática”, me comentaba esta persona en un receso del acto, entre la indignación y el malestar por el episodio vivido.
Las protestas por la falta de taxis este verano han sido generalizadas no solo entre los visitantes, sino también entre la población residente. Largas esperas para, en el mejor de los casos, tener la suerte de subirse en un taxi para hacer un trayecto urbano o llegar al aeropuerto. El problema no es exclusivo de Palma; también hay pocos taxis en otras zonas de la isla, especialmente las que concentran más turismo, donde lógicamente la demanda es mayor.
Llegados a este punto cuesta entender por qué en Palma no se autoriza la entrada de plataformas como UBER y Cabify, que operan desde hace tiempo en muchas ciudades de España, como Alicante, A Coruña, Barcelona, Benidorm, Madrid, Málaga, Marbella, Murcia, Santander, Sevilla, Valencia y Zaragoza. Desde Cort, los actuales responsables políticos defienden que Palma no se ajusta a ese perfil de ciudad y que no es una ciudad interesante para implantar estos servicios. Tendrán que explicármelo.
Seguramente lo que no quieren los actuales dirigentes es enemistarse con un colectivo como el del taxi, capaz de colapsar la ciudad a las primeras de cambio a nada que les cuestionen su corralito. En una economía de libre mercado, cuesta entender que siga existiendo un monopolio como el del taxi. Si otras ciudades han dado el paso para regular la convivencia entre los taxis de toda la vida y las nuevas aplicaciones de movilidad, en beneficio de sus ciudadanos, para que dispongan de una mayor oferta de transporte, ha sido por voluntad política. Ni más, ni menos.
Y con muchas pequeñas cosas negativas sumadas es como Palma se ha ido convirtiendo en una ciudad cada vez más “antipática” en estos últimos años. El ruido, un transporte público muy mejorable, la suciedad, las pintadas, la falta de mantenimiento del mobiliario público, las aceras rotas y levantadas, vehículos abandonados, falta de vivienda y la que hay, a precios prohibitivos, atascos constantes… y un largo etcétera que han descabalgado a la capital balear de los puestos de privilegio que llegó ocupar en el ranking de calidad de vida de las ciudades más pobladas de España. De hecho, cabe recordar que Palma llegó a ser reconocida como "el mejor lugar para vivir del mundo" por el diario 'The Times' de Londres, entre una lista de las 50 ciudades predilectas del planeta. Fue en 2015. No hace tanto.
Ahora, si atendemos al último estudio de la OCU sobre la calidad en las 15 ciudades más pobladas de España, con datos relativos a 2021, en los que se mesuran diferentes criterios como la movilidad, la limpieza urbana, el mercado laboral o el coste de vida, entre otras variables. Palma es la ciudad que obtiene la tercera peor calificación, solo superando a Madrid y Barcelona. Por delante, ciudades como Vigo, San Sebastián, Alicante, Zaragoza, Bilbao, Sevilla, Málaga, Valencia, Valladolid, Gijón, Las Palmas o Murcia. Según este estudio realizado por la Organización de Consumidores y Usuarios con encuestas a ciudadanos, uno de cada dos habitantes de Palma piensa que la seguridad ha empeorado con la crisis del coronavirus. La ciudad obtiene además evaluaciones por debajo de la media en educación y movilidad. Además, junto con Barcelona, tiene el mayor porcentaje de habitantes insatisfechos con el coste de la vida.
A mí, como residente de Palma, no me gusta que quienes nos visitan se lleven una mala impresión de nuestra ciudad y que lleguen a sus puntos de destino aireando experiencias negativas durante su estancia entre nosotros. Pero, sobre todo, como ciudadano de Palma lo que me preocupa especialmente es que nuestra ciudad sea una ciudad “antipática” para los que vivimos aquí todo el año. Y la gestión pública en los últimos años tiene mucho que ver con esa realidad.