Este fin de semana tuve que viajar a Ibiza como miembro del tribunal de mi especialidad, Microbiología y Parasitología, en el concurso oposición de plazas de médico especialista del Ib-Salut, cuya fase de examen tuvo lugar el sábado pasado. No había salido de la isla de Mallorca desde un poco antes del inicio del confinamiento de marzo del año pasado, ni tampoco había pisado el aeropuerto de Palma durante todo este tiempo, así que el sábado fue mi primera experiencia como viajero aéreo en estos tiempos de covid 19.
Mi primera impresión fue de desolación. Aparqué sin problemas muy cerca de la entrada a los ascensores y escaleras mecánicas en una planta tercera que no estaba ni medio llena. Me dirigí hacia la terminal por el paso elevado y no encontré a nadie en ninguno de los dos sentidos en todo el trayecto, en un sábado a las cuatro y media de la tarde. Al final del corredor avisté el primer atisbo de presencia humana, un vigilante de seguridad. Mirando a derecha e izquierda por el inmenso pasillo que lleva a los controles de seguridad alcancé a contar seis personas en total. Consulté el panel luminoso de información de vuelos y comprobé que desde las cuatro de la tarde del sábado hasta las tres de la tarde del domingo había un total de 25 vuelos de salida, cuando antes de la covid en un sábado por la tarde de enero, temporada baja, hubiera habido esa cifra de vuelos en dos o tres horas.
Una vez pasados los controles, directamente, sin colas ni esperas, me dirigí hacia la puerta de embarque que me correspondía, en la terminal B que junto a la C son las únicas operativas, mientras que la A y la D, la más grande, están bloqueadas. Todo estaba cerrado, 'duty free', tiendas, bares, cafeterías, restaurantes, con la única excepción de dos tiendas y el puesto de prensa y libros. En la terminal había una cafetería abierta y también otro puesto de prensa. Está bien que entre tanta desolación la letra impresa sea de lo poco que aguanta.
En el vuelo no estaban ocupadas ni la tercera parte de las plazas disponibles, y al llegar a Ibiza encontré un aeropuerto aun más desolado que el de Palma. Una vez pasado el control de la Guardia Civil motivado por el cierre perimetral de la isla, un taxi me llevó hasta el hotel por una autopista sin apenas tráfico y unas calles vacías, casi sin viandantes y con casi todos los comercios cerrados.
Cenar en el hotel, único sitio disponible, antes de las nueve, porque deben cerrar a las diez, y a la habitación a leer, ver la tele o dormir. Por la mañana, ir al edificio de la UIB en Ibiza donde tenía lugar el examen y, al acabar, volver al aeropuerto. En este trayecto, a la una del mediodía de un domingo, a través del ensanche de Vila, pude apreciar la exacta dimensión de la tragedia: todo cerrado, nadie por la calle, apenas alguna persona paseando al perro y unos pocos corredores, poquísimos vehículos, nada de tráfico en la autopista, y el aeropuerto vacío, con media docena escasa de vuelos de salida en lo que queda de domingo y un cifra parecida de llegadas.
El estado de los aeropuertos de Palma e Ibiza y de las calles de la ciudad de Ibiza me ha hecho pensar en los paisajes después de un apocalipsis de películas y novelas, no tras un desastre bélico en lo que todo queda destruido, sino tras una catástrofe de tipo ecológico o de una plaga infecciosa, en los que los edificios y las infraestructuras permanecen en pie, para ir degradándose lentamente, pero las personas quedan reducidas a unos pocos grupos de supervivientes, que retornan a una vida de supervivencia diaria.
No es el caso, de momento, pero si un virus no especialmente mortífero, pero sí con una gran capacidad de transmisión, está paralizando nuestro estilo de vida y socavando nuestra economía hasta un punto que aun desconocemos, deberíamos tomar buena nota y reflexionar sobre cómo debemos continuar como sociedad a partir de ahora. Las dimensiones monstruosas de nuestros aeropuertos, ahora semivacíos e inactivos, son un paradigma del exceso brutal que hemos cometido con nuestros recursos y nuestro medio ambiente. Quizás sería el momento de empezar a rectificar, a repensar una economía dependiente del turismo de masas, una auténtica plaga bíblica para el planeta.