La comparación de dos fotografías fijas puede acarrear un análisis sesgado de la realidad, pero puede resultar gráfica. “América es hoy un mundo alejado del fanatismo orgulloso y cruel”. Cuesta creer que esta frase fuera pronunciada en 2008 por un candidato a la presidencia de los Estados Unidos que acababa de perder unas elecciones. Aquellos nueve minutos del republicano John McCain han pasado a la historia como uno de los discursos más bellos, emotivos y generosos de la política contemporánea. Nueve minutos redondos, Iván, no hacen falta más para llegar al corazón de una audiencia, incluidos los ciudadanos que no te han votado.
La otra fotografía es la de Trump en 2020 proclamándose vencedor a mitad del recuento, propagando bulos sobre un fraude electoral del que no ha presentado ni una sola prueba en dos meses y, finalmente, instigando a sus seguidores a manifestarse frente a la sede de la soberanía nacional y así presionar a congresistas y senadores para que no reconocieran el triunfo de su rival, Joe Biden. Ya está casi todo escrito sobre un personaje sin escrúpulos que ha tenido a su disposición durante los últimos cuatro años la maquinaria de poder más formidable del planeta. Trump es un tipo que explotó su imagen de antisistema para acceder al cargo, y ha seguido en esa misma línea para tratar de mantenerse en él. Al menos no le negaremos esa coherencia postrera.
Trump ha cultivado a conciencia su aspecto de palurdo, pero es extremadamente inteligente. La suya es una inteligencia peligrosa porque no está sometida a ningún límite moral. Si a Trump alguien le hubiera asegurado que un asalto al Congreso que dejara cuatro muertos le garantizaba su continuidad en la Casa Blanca, hubiera firmado sin dudar. Pero como Trump es inteligente, sabía y sabe que en esos disturbios descontrolados el difunto político sería él. Y seguramente el trumpismo, que perdería gran parte de sus apoyos dentro del partido republicano. Por eso finalmente ha reculado asegurando una transición pacífica. Ahora, con cuatro muertos a sus espaldas y un país avergonzado por el espectáculo que ha ofrecido.
De los más de setenta millones de votantes que tuvo Trump en las últimas elecciones solo unas decenas de miles estaban vociferando en Washington. Y de ellos solo unos cientos llegaron a acceder por la fuerza al edificio del Congreso. No hacían falta más para ridiculizar a toda una nación.
Me vengo a referir a que si se hacen malabares con fuego… lo normal es quemarse. Porque no es fácil controlar las chispas. Exactamente esto es el populismo, atizar las ascuas invocando un fuego purificador del sistema, hasta que salta una brasa y sobreviene el incendio total. Yo conozco votantes de VOX avergonzados de lo que vieron por televisión en el Capitolio. También conozco independentistas que nunca asaltarían el Parlament de Cataluña. Y votantes de Podemos que no cercarían el Congreso de los Diputados, ni el Parlamento andaluz, si los resultados electorales les fueran adversos.
Pero es un hecho que hay independentistas y personas de extrema izquierda que han protagonizado esas escenas en nuestro país, afortunadamente sin chispas ni muertos. Y es fácil imaginar que hay personas de extrema derecha que también estarían por la labor de cometer actos parecidos. Y todos lo han hecho, o lo harían, con un mismo argumento: serían “movilizaciones en defensa de la democracia”. Se agradece esta expresión tan sincera empleada por el dirigente de Podemos Rafa Mayoral, porque coincide exactamente con la retórica que emplea el supremacismo catalán, QAnon, los Proud Boys o el chavismo para arremeter contra los que no piensan como ellos. O sea, invoco la democracia en tanto en cuanto me sirva para llegar al poder, y mantenerme en él. De lo contrario es un sistema fallido que precisa reparaciones. Y aquí llega la furia del “pueblo”.
Estados Unidos no es una democracia fallida. A Trump primero le pararon los pies los jueces, luego el Poder Legislativo, y por último los electores. Viendo próximo el final de su mandato pisó a fondo el acelerador y el coche se le fue de las manos con resultado de siniestro total. Si un fenómeno tan próximo a la sedición puede suceder en un país donde funcionan los contrapesos al Poder Ejecutivo, sería conveniente reflexionar sobre los riesgos del populismo en democracias menos avanzadas.
Algún ignorante seguirá pensando que este es un debate entre izquierda y derecha, pero se equivoca. Es un debate entre demócratas convencidos y demócratas a beneficio de inventario, o sea, cuando les favorece el escrutinio. Para entenderlo basta escuchar las declaraciones de uno de los presidentes de los Estados Unidos más ridiculizado por la progresía en las últimas décadas, y que pertenece al mismo partido que Trump. George W. Bush ha dicho respecto al asalto al Capitolio: “así es como se rebate el resultado electoral en una república bananera”.
Un hombre encaramado en la principal tribuna de la primera democracia del mundo, con cornamenta de búfalo, pectoral desnudo y paquete prominente bajo un chándal mínimo, pretendía representar con su actitud violenta a la mitad de un país. Recordemos esta imagen cada vez que algún caradura menos inteligente que Trump nos diga en España que la “democracia del pueblo está por encima de las leyes y de sus representantes”