Hace unas semanas me enseñaron una foto en la que aparecía yo con mucho pelo. Era la alineación de un equipo de fútbol juvenil posando antes de un partido en el estadio Insular de Las Palmas de Gran Canaria. Fue en 1988, y de aquellos once chavales creo recordar que cuatro acabaron jugando en primera división, y otros tantos en segunda. No está mal para un club modesto de una ciudad pequeña. De hecho, la persona que me envió la foto opinaba que aquel Aurrerá de Vitoria sigue siendo el mejor equipo juvenil que ha dado nunca la provincia de Alava.
Puede que sea cierto, pero la afirmación tiene truco porque en la actualidad el Athletic de Bilbao se lleva los mejores jugadores a edades más tempranas, y el Alavés tiene una cantera de jóvenes mejor estructurada que entonces. En cualquier caso, aquel equipo se codeaba con los mejores. A mí me ha parado un voleón a bocajarro Santiago Cañizares, y he levantado por los aires a Pep Guardiola en un balón dividido. A la siguiente me hizo un caño.
Fueron años divertidos viajando cada quince días por España cuando aún no debutaban prodigios de 17 años en equipos profesionales, como sucede hoy. Todo parecía fácil, y uno no se paraba a pensar en la suerte que tenía de vivir aquella experiencia, compaginarla con los estudios y ganar un dinerillo para tus gastos haciendo lo que más nos gustaba. Pero la semana pasada me encontré en Vitoria a la persona que me había hecho llegar la foto, y me dijo algo que me hizo pensar: “Barquero, tú no sabes la envidia que os teníamos”.
Ha comenzado 2022 y anda la gente pidiéndole cosas al nuevo año como si fuera Siri, o Alexa, pensando que hay alguien dentro de un altavoz apuntando sus deseos. Todos sabemos que Siri se hace la loca en cuanto se complica la petición, así que hay que concentrar las ilusiones en conceptos genéricos asequibles para un algoritmo doméstico: salud, trabajo, amor… Nos prometíamos un tramo final de 2021 avanzando por la pista de despegue, pero llegó ómicron y nos situó de nuevo cerca de la casilla de salida.
Mi consejo no solicitado, ese que nunca hay que dar, es no pedir nada al 2022. Como a estas alturas de la vida no me veo convertido en un estoico radical, intentaré recordar a menudo las palabras que me dijo aquel conocido en Vitoria hace unos días. Así me será más fácil tener presente y agradecer todo aquello que me ha sido concedido sin pensar en ello, creyendo que es como la fruta o la lluvia, algo que cae del cielo de manera natural. Esa fruta y esa lluvia para otros puede ser motivo de envidia -sana o insana, eso aquí no importa-.
El que tenga salud que piense en el enfermo, el que tenga trabajo en el parado y el que tenga familia en mi tío Alfonso, al que despedimos esta Navidad, un hombre bueno que sufrió un accidente de coche y perdió en el acto a su mujer y su única hija. Tuvo que sobrevivir sin ellas y con aquel recuerdo los últimos 25 años de su vida. Mejor no pida nada, y busque con la mirada o en su cabeza a alguien que tenga motivos para envidiar algo suyo sin que usted lo imagine. Seguro que encuentra a esa persona antes de lo que tarda Siri en contestar que no entiende su petición.