Buenas noticias: la pandemia se acaba. Salvo sorpresa mayúscula, esto está dando sus últimos coletazos. La llegada de ómicron ha provocado que media isla esté contagiada: atención primaria atiende a 50.000 pacientes, y podemos suponer que aún hay muchos más contagiados asintomáticos o leves de quienes no tienen noticia. A este ritmo, la ola remitirá en poco tiempo, dejando una sólida inmunidad adquirida que permitirá volver a la vieja normalidad.
El debate en la opinión publicada y entre sociedades médicas se ha trasladado a la ‘gripalización’ de la enfermedad, y la controversia se ciñe al momento en que sería apropiada: unos dicen que ya, otros que aún es prematuro, pero que sería cuestión de semanas. Por gripalización se refieren, naturalmente, a tratar el covid de manera similar a la gripe: sin pretender efectuar un rastreo exhaustivo de todos los casos, sino simplemente un rastreo aleatorio a fin de tener una idea de la evolución de la epidemia.
Lo esencial es que se confirma que ómicron es mucho más leve, de manera que la inmensa mayoría de contagiados lo pasan sin problemas, asintomáticos o como un leve catarro. Ahora bien: esto tampoco significa que debamos lanzar las campanas al vuelo y retornar ya a una vida normal, porque aún queda delta, mucho más dura, circulando por ahí, y porque atención primaria, urgencias y UCIs están tensionadas.
Lo de delta lo sé muy bien, porque tengo amigos afectados. Uno, padre relativamente joven (como yo), lo está pasando con su familia y dice que ha sido francamente desagradable. Otro, no ha podido contarlo. Claro que tenía 85 años. El bueno de Ramón, con quien iba algún sábado a desayunar una ensaimada (él, un cuarto) a Can Joan de s’Aigo después de misa, me decía que esto de la pandemia era una estupidez, y que si se tenía que morir, se moría. Encontraba que se había organizado un circo exagerado por proteger a los ancianos como él. En fin, ya ha pasado a mejor vida y se ha reunido con su mujer, aunque le echaremos en falta.
El caso es que el problema está en vías de solucionarse, y de lo que se trata, todavía, es de no empeorarlo nosotros mismos. El cambio de delta a ómicron ha pillado a la administración con el paso cambiado, como de costumbre, de modo que diversas medidas, que ya eran muy discutibles con delta, son absolutamente delirantes con ómicron.
Me refiero, por supuesto, a medidas como el infausto pasaporte covid, que se ha demostrado un fracaso absoluto. Se ha comprobado sin el menor atisbo de duda que las vacunas no impiden la transmisión del virus. Algunos estudios hasta apuntan a que podrían facilitarla. El pasaporte es arbitrario y discriminatorio y no tiene ningún sentido médico ni epidemiológico. Lo mismo cabe decir del distinto tratamiento de infectados y contactos estrechos en función de si se han vacunado o no. Todo eso debe acabar inmediatamente.
Pero oigan, no me encasillen. Esto se ha transformado en una lucha entre forofos, antivacunas bebelejías contra vacunólatras, negacionistas contra tragacionistas. Eso tiene que terminar también. Y no pretendo ser equidistante; ustedes saben que para mí unos tienen más razón que otros. Pero eso no importa ahora; lo que quiero transmitir es que hay matices. Se puede estar a favor de las vacunas pero en contra del pasaporte. Se puede estar vacunado, pero ser reacio a una tercera dosis. Se puede estar a favor de vacunar al abuelo, pero en contra de vacunar al niño. Se puede estar contra las restricciones, pero adoptar un comportamiento responsable.
La defensa de la libertad va siempre unida a la responsabilidad personal. Menos obligaciones coactivas, y más informar y alentar la decisión personal y la prudencia. La vacuna puede convenir a unos y no a otros; es preciso valorar riesgos y beneficios y que cada cual pueda tomar su propia decisión. La mascarilla puede ser una estupidez para un joven que ha pasado el covid, pero recomendable para un anciano que transita por una calle abarrotada. Confinarse puede ser necesario para un infectado sintomático por delta, pero absurdo para un enfermero asintomático con ómicron que hace falta en su puesto. Después de dos años, deberíamos tener el suficiente sentido común para comprender que no tiene sentido confinar en sus cuartos a los enfermos de una casa. ¡Sobre todo si están todos infectados! (Se ha dado el caso).
Poco a poco la locura remite. En Bosnia el recurso de un (buen) abogado ha acabado con el pasaporte. ¡Si es que no soporta un juicio! En Japón añaden la advertencia de miocarditis como efecto secundario de las vacunas y exigen la firma de un consentimiento informado. Información y voluntariedad, ese es el camino. La salud pública no debe ser una puerta al totalitarismo.