Tras el resultado de las elecciones de 23 de julio hemos entrado en una vorágine de especulaciones sobre las posibles causas del mismo, en un ambiente de perplejidad, sobre todo entre los opinadores de derechas, provocado por un resultado inesperado que, en principio, incapacita a Núñez Feijoo para gobernar, así como sobre la existencia o no de negociaciones entre Sánchez, o el PSOE, y sus posibles socios y venimos asistiendo a todo un conjunto de predicciones apocalípticas por parte de los más hiperventilados representantes de la derecha mediática y de algunos de los más radicales miembros de PP y Vox.
Hay una voluntad explícita del PP de presionar a Sánchez para acabar consiguiendo su abstención para que pueda gobernar Núñez, cosa que no parece que vaya a ocurrir y lo saben, pero con la intención de demonizar antes de nacer cualquier acuerdo o gobierno que pueda surgir del mismo. En ese sentido, a partir del 17 de agosto nos espera, con toda probabilidad, un periodo de confrontación sin piedad, que puede crear un escenario que haga inevitable una repetición electoral, en la que la derecha espera obtener la tan ansiada mayoría, sin que le preocupe lo más mínimo el perjuicio que el retraso en la formación de gobierno y la inestabilidad subsiguiente pueda suponer para el país.
Pero estamos en verano, periodo vacacional y nos merecemos un descanso, físico y psíquico. Tiempo habrá para entrar en el drama a partir del 17 de agosto, fecha de constitución del nuevo parlamento, ahora tenemos unas semanas, pocas, para olvidarnos por un momento de la coyuntura política y dedicarnos a la molicie estiva y a las típicas serpientes de verano, que siempre han caracterizado esta época de canícula, este año más canícula que nunca antes, o a tratar de temas de temática liviana.
Así que hoy quiero escribir acerca del fútbol: “la cosa más importante de las menos importantes”, frase atribuida a Valdano o a Arrigo Sacchi, según las fuentes que se consulten. Y en concreto, como barcelonista, quiero expresar mi más absoluto rechazo, mi total y completo desacuerdo, con la elección del color de la camiseta de la segunda equipación del Barça para esta temporada: el blanco.
Considero una afrenta, un insulto, un ultraje semejante desatino. Es un desafuero más de los muchos que viene cometiendo un presidente nefasto y su directiva de mansos obedientes, pero este es especialmente significativo porque afecta a los símbolos del club y ya se sabe que los símbolos representan la esencia de la entidad. Al Barça le representan los colores blaugranas y es aceptable que para segundas equipaciones se utilicen otros colores, pero nunca el blanco, que es el símbolo que representa al gran rival deportivo, el Real Madrid.
Solo haber tenido la idea de hacerlo es repugnante, pero llevarla a la práctica es nauseabundo, putrefacto, vomitivo. Alguien se imagina al Real Madrid con una segunda camiseta azulgrana, ¿a qué no? Y qué pasaría en Madrid si al presidente madridista se le pasara por la cabeza semejante ocurrencia. ¿Alguna vez el Inter de Milán ha tenido una segunda equipación rossonera y el Milan una neroazzurra? El blanco y las franjas blanquiazules (equipo del Español) son colores non gratos, futbolísticamente hablando, para los barcelonistas.
No me acaba de extrañar esta insensatez por parte de este presidente, del que es sobradamente conocida su tendencia a fachendear y a las soflamas encendidas y carentes de contenido, puro humo, pero me sorprende la escasísima crítica que la camiseta blanca ha concitado entre los periodistas catalanes y, lo más triste, entre los socios y aficionados.
En cualquier caso, aunque sea una voz en el desierto, expreso mi más rotundo rechazo a este dislate: no al blanco.