El terraplanismo constituye un universo fascinante. Siempre fue una teoría marginal, incluso en la Edad Media, cuando no existían satélites ni transbordadores espaciales. Por eso hoy tiene aún más mérito ponerse estupendo defendiendo la existencia de un gran muro de hielo que protege el centro de la Tierra, ese disco plano por el que nos movemos los humanos. Las agencias espaciales de todo el mundo impiden que nos acerquemos hasta allí para echar una foto con el Iphone, y Hollywood se encarga de difundir la mentira de un planeta esférico. Todo resulta tan cinematográfico que los guionistas de Juego de Tronos debieron inspirarse en esta pseudociencia para crear la muralla que separa los Siete Reinos de las Tierras Salvajes. La Guardia de la Noche, o sea la NASA, nos protege.
Alguien te dice que la Tierra es plana y tú te ríes. Sabes que no lo es, pero no puedes explicarlo porque un terraplanista negará con furor cualquier evidencia. Las imágenes satelitales están trucadas, la gravedad no existe, el agua de los mares se caería… y en este plan. La respuesta científica a estas simplezas es compleja y no cabe en un tuit. Pero yo, que soy de letras, un día tuve los pies por encima de 7000 metros sobre el nivel del mar, y puedo afirmar que a esa altitud tus ojos aprecian la curvatura de la Tierra. ¿Cuántos muertos hemos de enterrar para negar la COVID-19?
El negacionismo del globo terráqueo puede resultar incluso cómico. El del Holocausto no, porque es una ofensa a los millones de víctimas del nazismo y a los judíos de hoy. El de VIH resulta cruel con los enfermos que fallecieron de SIDA, y el de la evolución de las especies está trufado de fundamentalismo religioso. A pesar de ello, algunas de estas teorías están en auge en los últimos tiempos por la desconfianza hacia el poder y su capacidad para controlar los medios de comunicación de masas. Por eso las teorías de la conspiración encuentran el espacio perfecto para desplegarse en las redes sociales, ese campo de juego sin árbitros ni normas en el que todo vale.
Lo absurdo de estas teorías no debería impedirnos reconocer en ellas una verdad común que está en su origen: el poder manipula. Y la prueba de ello es cómo consigue invertir los términos hasta incluir en el negacionismo cualquier negación del relato oficial. La negación consiste en rechazar algo que se presenta como incuestionable a través de la observación empírica. El negacionismo tiene que ver con un acto irracional, con una posición ideológica que lleva al individuo a reaccionar sistemáticamente contra la realidad. Como se ve son dos cosas muy distintas, pero el poder se encarga de equipararlas.
Por ejemplo, es un hecho verificable que España es el país de Europa en el que se consumen más mascarillas porque su uso es obligatorio en todo momento, incluso en espacios abiertos. A pesar de ese bozal generalizado, España también es el país de Europa que presenta las peores cifras sanitarias por la pandemia. Existen multitud de opiniones científicas solventes que desaconsejan su uso masivo e indiscriminado porque conlleva más problemas para la salud de los que pretende evitar. Sin embargo este es un debate difícil de mantener sin que te acusen de antisistema, o negacionista. Y ser negacionista supone entrar en la categoría de los raticulines, de la derecha alternativa que apoya a Trump, de los iluminados a la espera del advenimiento de un dios flamígero y castigador, de los paranoicos que ven tres conspiraciones simultáneas en cada titular de un periódico. A nadie le gusta comenzar un debate explicando que no está loco.
Lo que consigue el poder con esta estrategia es reducir los márgenes de la discusión pública hasta límites vergonzosos. Lo políticamente correcto se está convirtiendo en el auténtico bozal de la inteligencia, más ridículo que usar mascarilla paseando por una calle desierta, y en el caldo de cultivo perfecto para que se multipliquen los borregos que no solo asumen la propaganda del gobierno, sino que la difunden.
Pero al mismo tiempo, esta imposición de valores que parecen no admitir discusión cada vez cabrea a más gente, que reacciona moviéndose hacia alternativas extremas. Y así se va vaciando poco a poco el espacio de la cordura y la sensatez, de una moderación que va resultando algo retro, decadente, alejado de la modernidad. Se impone el discurso brutal, la descalificación y la palabra gruesa en las redes sociales, donde nunca hay que responder por un desmán. A mí esta evolución de la sociedad me preocupa más que la del virus, porque la historia demuestra que muchos de esos procesos de radicalización los han interrumpido las guerras, que son peores que cualquier pandemia.