Cuando era niño, me hacía una especial ilusión pensar que tal vez podría haber vida inteligente en otros planetas y que quizás un día vendrían a visitarnos representantes de alguna muy avanzada civilización extraterrestre. Aun así, no estaba muy seguro de si esos seres serían como los que aparecían en las apocalípticas películas de ciencia ficción de los años cincuenta o como en las algo más sosegadas series de televisión de los años sesenta y setenta.
Mi convicción era entonces que si un día los alienígenas finalmente vinieran a vernos, seguramente sería en son de paz, como ocurría en la mítica Encuentros en la tercera fase, del gran Steven Spielberg. En cuanto al posible aspecto físico real de esos viajeros del espacio, esa película y otras posteriores me hicieron sospechar que posiblemente no serían unos seres muy parecidos a nosotros en lo relativo a su complexión y que, además, probablemente gastarían más bien poco en ropa de vestir y en calzado.
A veces, me preguntaba también si esos aventureros galácticos serían capaces de poder percibir las formas y los colores como nosotros lo hacemos. En caso de poder hacerlo así, pensaba que seguramente dirían en su propia lengua extraterrestre que la Tierra era y es un hermoso planeta azul. Precisamente, de niño tenía también mis dudas acerca de en qué idioma se expresarían los alienígenas. No sabía si dirían frases iguales o muy parecidas a «Klaatu barada nikto», como el protagonista de Ultimátum a la Tierra, o si utilizarían quizás un tipo de lenguaje que nosotros pudiéramos entender en principio con algo más de facilidad.
Tampoco sabía si en su lejano planeta de origen tendrían por ejemplo días y noches, o si habría asimismo cambios climatológicos y sucesión de estaciones, o si influirían en sus vidas cotidianas los satélites y las estrellas, o si su mundo habría ido cambiando y evolucionando con el paso del tiempo, como había ocurrido también en nuestro planeta.
En realidad, apenas me muevo hoy ya más allá de Pere Garau, de las Avenidas y del centro histórico de Palma, así que imagínense lo que sería para mí tener que viajar a otro planeta o a otra galaxia, caer quizás en un agujero negro o tener que superar en unos pocos años luz un jet lag interestelar.