Ayer por la mañana, me despertaba leyendo el artículo que publicaba Antoni Puigverd en La Vanguardia bajo el título Cólera. Quepa decir, de entrada, –seguro que muchos ya lo saben, pero para aquellos que frecuenten poco las páginas del periódico del Conde de Godó– que los artículos de Puigverd se caracterizan por la reflexión profunda que hay en sus líneas y, a su vez, por espíritu conciliador y moderado que tan poco impera en nuestros días. Con el artículo del lunes no es que perdiera la esencia que ha marcado su trayectoria, pero reflejaba un cierto hastío por las continuas polémicas y por las reiteradas confrontaciones que se producen en nuestros días.
Y se preguntarán el motivo por el cual les cito a un periodista. La razón es sencilla. Nos estamos acostumbrando a un día a día lleno de polémicas, crispación y discusiones. Y sin ser alarmista, no es nada positivo contrastar que el clima político y social se encuentra en alto voltaje cuando más que nunca se necesita altura de miras para afrontar los nuevos retos que como sociedad se nos plantean. Lo triste es ver como ciertos actores políticos de la nueva hornada no solo no contribuyen a rebajar el clima de tensión, sino que más bien lo promueven con fines puramente electoralistas. Y se acepta. Y se aplaude. Los pirómanos se adueñan de los parlamentos alrededor de Europa. Y encienden la mecha. Gasolina, un cierto cansancio de las clases populares y el cóctel molotov es una receta maravillosa. Lo hemos visto en EEUU, Gran Bretaña, Italia, España y lo que nos espera. Y claro, una vez quemada la tierra, no hay lugar donde plantar de nuevo.
Que los bomberos no están de moda lo sabíamos hace tiempo. Hoy se premia al más incendiario. Éste es el que recibe mayores incentivos a seguir y continuar haciendo su “tarea”. Y mientras tanto unos y otros se van posicionando, de un lado y de otro, en muchos aspectos diferentes. Blanco o negro. Madrid o Barça. Facha o independentista. Y claro, el mundo que al final es una suma interminable e inigualable de grises y tonalidades empieza a encontrarse ante la falacia de la falsa dicotomía: o conmigo o contra mí. Y lo aceptamos como lo normal.
Algunos de ustedes que me leen pueden pensar que esto de la moderación es una forma de quedar bien, que cuando hablamos de convivencia no hay nada a debatir con el discrepante o incluso que soy equidistante. Y acepto estos adjetivos con una triste sonrisa mientras pienso en las virtudes y cualidades de los mismos y lo mucho que han sido denostados. Hoy lo que está de moda es ser radical. Y vende. Eso es lo triste. Pero por muy de moda que esté o por muy normal que no parezca, esto no acabará de traer nada bueno a nuestra sociedad. He dicho.