Mis fantasías favoritas

A tenor del título del artículo de hoy, el amable lector podría quizás pensar que este sábado he escrito un artículo sólo para adultos, o autorizado tal vez sólo para mayores con reparos, como se decía antiguamente, pero creo que si tienen a bien seguir leyendo, podrán comprobar que esencialmente se trata de un texto apto para todos los públicos.
Una de mis fantasías favoritas tiene que ver, precisamente, con mi dedicación a la escritura. Así, a veces me imagino que me levanto una mañana, preferentemente soleada, me siento ante el ordenador y empiezo a escribir una novela de casi mil páginas sin apenas dificultad alguna, notando cómo las palabras empiezan a fluir prácticamente solas. Los personajes, los capítulos y las situaciones se van sucediendo también de manera rápida y casi sin esfuerzo.

Como en principio sólo pararía de escribir para comer y para cenar, o para ir a dar una vuelta y desentumecer un poco mis piernas, en apenas dos o tres semanas esa hipotética novela estaría ya terminada y podría presentarla a un editor, que por supuesto quedaría fascinado con el contenido de la obra y la publicaría enseguida. Poco tiempo después, la novela se convertiría en un auténtico best seller, superando en ventas a Arturo Pérez-Reverte y a Julia Navarro. Tal vez, incluso se llegaría a hacer una adaptación cinematográfica en unos pocos meses. A partir de ahí, me podría ya retirar o jubilar anticipadamente gracias a todas las ganancias obtenidas con mi novela.

En la versión más extrema de esa fantasía mía novelística, es el propio ordenador el que se pone a escribir solo, mientras yo me dedico a leer, escuchar música, ver películas y pasear. Luego, al final de cada jornada, miro lo que ha escrito el ordenador y le hago tal vez alguna pequeña observación literaria, por lo que el teclado hace de inmediato los cambios pertinentes para ayudar a mejorar quizás un poco más el texto. Esa fantasía concluye igualmente con la publicación exitosa de la novela y la obtención de numerosos reconocimientos y beneficios económicos a nivel personal, que muy posiblemente compartiría en secreto con mi hacendoso y creativo ordenador.

Más allá de esas fantasías más o menos literarias, suelo tener de manera recurrente algunas otras de carácter ya más clásico e intemporal, como por ejemplo la de que algún día me tocará el Gordo de la Lotería de Navidad, la de que llegaré a entender alguna vez las aplicaciones de mi teléfono móvil o la de que algún año podré adelgazar sin renunciar a todo lo que me gusta, perdiendo además esos kilos de más sin ningún esfuerzo.

En cuanto a mis fantasías más actuales y recientes, una es que el Real Mallorca quede en Primera al final de esta temporada sin que sus seguidores tengamos que sufrir demasiado, otra es poder escuchar alguna vez alguna voz humana cuando llamo por teléfono a alguna entidad, agencia, empresa o institución, y la tercera seguramente sería que en estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo, todos —o casi— podamos entendernos y comprendernos un poco mejor.

Tras leer este artículo, quizás ustedes piensen, con razón, que soy una persona que fantasea con cosas buenas que quizás es poco probable que ocurran, aunque tal vez también sea cierto que, como dijo en cierta ocasión el gran cineasta Federico Fellini, el único realista de verdad es siempre el soñador.

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