Miraba por la ventana nevar

Aún recuerdo la última vez que nevó con una cierta intensidad en Palma. Fue en un anochecer de febrero de hace ya algunos años.

Yo estaba ya en casa cuando empezó a nevar. Me hizo tanta ilusión poder ver la nieve, que durante un rato dejé todo lo que estaba haciendo y me acerqué fascinado a la ventana, como cuando era un niño y descubría algo hermoso e inesperado que llamaba profundamente mi atención.

La luz de las farolas iba iluminando los copos que iban cayendo sobre la acera, sobre el asfalto o sobre los coches, a veces poco a poco y otras veces con algo más de ímpetu. En esos momentos, pude ver a varios vecinos de las fincas próximas que, al igual que yo mismo, estaban contemplando con expectación aquel hecho tan poco habitual en nuestra querida ciudad.

Mientras nevaba, me preguntaba qué deben de sentir las personas que viven en zonas en donde los inviernos son especialmente duros o en donde nieva con una cierta frecuencia. No sé si a la mayoría de esas personas les debe de gustar esa circunstancia, si tal vez les sea casi indiferente o si es posible que a veces les canse ya un poco.

A pesar de esas dudas, pensé que posiblemente la nieve sea el fenómeno meteorológico que cuenta con más partidarios en todo el mundo, en especial entre las personas más nostálgicas y melancólicas.

Yo creo que la nieve, cuando nos gusta, nos gusta por muchas razones. Nos gusta porque es silenciosa, porque tiene también algo de misterio, porque es blanca como la pureza o la bondad y porque nos recuerda el paso de las estaciones y del tiempo. La nieve nos gusta porque mientras la vemos caer, a veces nos sentimos casi como si en ese preciso instante estuviéramos escuchando una hermosa melodía romántica en un piano, en un chelo o en un violín.

Nos gusta la nieve porque quizás nos hace pensar asimismo en nuestras propias vidas, en las cosas que pasan, en las que quedan y en las que tienen un principio y un final en cada posible trayecto. La nieve nos gusta porque solemos asociarla igualmente a la Navidad, una Navidad hecha de paisajes níveos que quizás nunca vivimos en la infancia y que tal vez sólo conocimos a través de nuestro belén, de las postales navideñas, del cine o de la televisión.

Nos gusta la nieve porque casi siempre agrada también a los niños, a los Reyes Magos o a Papá Noel, y porque está también presente en muchos villancicos, como en Muñeco de nieve, en Let it snow!, Let it snow!, Let it Snow! o en el bellísimo White Christmas.

Una Navidad así es la que casi todos hemos soñado en alguna ocasión. Por ello, cada vez que a finales de diciembre o a principios de enero nos anuncian por la televisión o en los diarios que en Palma podría nevar al menos un poco, sentimos una alegría muy especial.

En estas Navidades al final no ha nevado, pero quizás sí lo haga en las próximas, o incluso mucho antes, tal vez en febrero, como en aquel anochecer de hace ya algunos años, en que me sentí tranquilo y en paz, como un niñito recién aseado, mientras miraba por la ventana nevar.

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