En los años ochenta y noventa del pasado siglo, voté casi siempre al CDS en las distintas elecciones que se celebraron entonces, tanto por mi gran admiración política y personal hacia Adolfo Suárez como por la ideología que dicho partido defendía mayoritariamente entonces, que era el liberalismo social.
La primera vez que voté al CDS fue en los comicios generales de octubre de 1982, cuando yo tenía apenas 19 años. Sí, lo reconozco, ya desde muy joven fui siempre un poco raro. En su momento, incluso me planteé afiliarme al democristiano PDP, que eso sí que era ser raro de verdad, pero al final me mantuve fiel a Suárez y a mi rareza ideológica originaria.
A mediados de los ochenta, el CDS llegaría a ser el tercer partido más votado en España, pero a principios de los noventa entró en una profunda crisis como formación y también de pérdida masiva de sufragios, pues muchos de sus votantes no entendían que unas veces decidiera pactar con el PSOE y otras con el PP. Yo sí lo entendía, pero también en esto podríamos decir que me veía a mí mismo tirando a peculiar, excéntrico y raro.
A raíz de aquella gran crisis interna, el CDS empezó a ser un poco como el Guadiana, pues aparecía y desaparecía misteriosamente en las sucesivas convocatorias electorales, sin que en realidad supiéramos muy bien el cómo, el cuándo ni el por qué de esas idas y venidas.
Recuerdo incluso que su prevista integración en el PP, aprobada en 2005 en el XI Congreso Nacional del CDS, acabó casi como el rosario de la aurora o como sa processó de sa moixeta, con diversas deserciones y escisiones que dieron lugar a nuevos partidos de centro, algunos de los cuales se acabarían integrando una década después en Ciudadanos.
Todavía en el verano de 2010, el CDS intentó volver de nuevo, al menos en Baleares, aunque aquel CDS ya no era mi CDS, del mismo modo que los centristas de entonces seguramente no éramos tampoco ya los mismos de treinta años atrás, aunque yo seguía pareciéndome aún bastante al Pep Maria meditabundo y melancólico de los ochenta.
Con posterioridad, en torno a 2015, empezaría a cobrar cada vez más fuerza Ciudadanos, al igual que ocurriría también con Podemos, dos formaciones que fueron consideradas en aquel momento como representantes de la denominada 'nueva política', una expresión que, en cambio, nunca se llegó a aplicar a Vox, no sabemos si para alegría o para disgusto de sus impulsores.
Con el tiempo, nos fuimos dando cuenta de que intentar marcar distancias tanto con el PSOE como con el PP no significaba necesariamente que un partido fuese a aportar nada nuevo en el panorama político, no sólo porque en el PP y en el PSOE seguía habiendo ideas y personas muy válidas, sino también porque la posible originalidad o pertinencia de los postulados que defendían Cs, UP o Vox a nivel teórico se acabó diluyendo en muchos casos cuando empezaron a cogobernar con socialistas o populares en las principales instituciones.
Además, pudimos constatar también que ser un buen orador no es incompatible con poder ser un mal gobernante, o que incluso se puede ser calamitoso en ambas facetas —no daré nombres—, aunque lo que uno quisiera es poder contar algún día con un buen presidente o una buena presidenta que por añadidura tenga el don de la palabra.
Puestos a soñar, me gustaría sobre todo que algún partido recuperase algún día la herencia cívica y política de Adolfo Suárez y del CDS en favor de la tolerancia, la moderación, el respeto y la convivencia; cuatro conceptos que, además, forman parte de la esencia misma del centrismo, y, en cierta forma, también de algunos seres raros, como por ejemplo yo mismo.