Ese afecto empezó seguramente en mi etapa escolar, pues estudié francés desde cuarto de EGB hasta primero de BUP. Luego, ya en el instituto, pasé al inglés, un idioma que he seguido estudiando en varias etapas posteriores de mi vida. Para intentar perfeccionarlo, incluso tengo en casa desde hace años el mítico y completísimo curso 'BBC English', pero aun así todavía hoy se me sigue resistiendo un poco la maravillosa lengua de Shakespeare.
En ese sentido, pienso en cuánta razón tenía el añorado maestro Luis Carandell cuando afirmaba, con su siempre fina e inteligente ironía, que una posible definición de ciudadano español sería la de «persona que durante toda su vida trata —sin éxito— de aprender inglés». La breve acotación es mía, pues así ocurre sin duda en mi caso. En cambio, todavía hoy me defiendo más o menos bien con el francés, gracias al buen hacer de don Miguel Grimalt, que fue el maestro que me lo enseñó durante mi etapa escolar en el Colegio San Agustín de Palma.
Con posterioridad, practiqué de nuevo la preciosa lengua de Molière en los años noventa, cuando trabajé en Son Sant Joan como coordinador de vuelo de Iberia, y me atreví también a hablarlo poco tiempo después, en mi único viaje a Francia hasta ahora, en concreto en París. Yo creo que en los cafés, restaurantes y museos me entendieron entonces bastante bien, aunque también es cierto que en los cuatro días que pasé allí esencialmente me limité a decir «bonjour», «bonsoir», «un café au lait», «un chocolat», «l'addition, s'il vous plaît», «merci beaucoup» y «au revoir».
En aquel maravilloso viaje, varias veces estuve a punto de gritar «J'aime París!» y «Vive la France!» justo en medio de los Campos Elíseos, pero finalmente no lo hice, posiblemente por mi timidez y quizás también porque temía que a lo mejor me tomasen un poco por loco y me acabaran conduciendo tal vez a la Gendarmería. En cualquier caso, si finalmente hubiera tenido que comparecer ante un juez, le habría explicado el por qué de mi actitud quizás algo impetuosa y le habría dicho también todo lo que me gusta de Francia. Así, además de hablarle al magistrado de las baguettes y de las crepes, habría hecho también en mi declaración varias referencias a la cultura del país galo.
Habría dicho, por ejemplo, que me gustan mucho su cine clásico, sus películas policíacas y todos los directores de la Nouvelle Vague, en especial François Truffaut, así como también las bandas sonoras de quien fue su músico favorito, el gran Georges Delerue. Por lo que se refiere a la pintura, le habría comentado al juez con sincero entusiasmo que me encantan los artistas impresionistas, sobre todo Camille Pissarro, aunque ahora creo recordar que en principio era de origen danés. Y en cuanto a la filosofía, le habría dicho que siento predilección por René Descartes entre los clásicos y por Albert Camus entre los contemporáneos.
Estoy seguro de que tras escuchar todos esos razonables y razonados argumentos, ese hipotético magistrado me habría puesto poco después en libertad con cargos. De haber sucedido todo así, igual me habría quedado a vivir durante algún tiempo en Francia, llevando una vida retirada y bohemia en una buhardilla al lado del río Sena y siendo abducido de vez en cuando por alguna «femme fatale». Ya saben ustedes que allí o aquí siempre me ha gustado mucho poder imaginar fantasías y también soñar.