Los partidos políticos deberían ser la opinión organizada de la parte de la sociedad a la que aspiran a representar. Por supuesto, también deberían constituir un mecanismo para seleccionar a las élites que se pondrán al frente. Éstas necesariamente deben caracterizarse por tener ambición de poder, para elaborar las nuevas leyes y normas que sean acordes con las preferencias sugeridas.
Sin duda, siempre existe el peligro de que algunos elementos (incluso la mayoría) de esas élites estén más seducidos por la mera ambición de poder que por la opinión que deben representar. Ejemplos, tristemente, no nos faltan en la actualidad.
Precisamente, para contrarrestar este peligro, los miembros de la sociedad, -cada uno desde su puesto-, deberíamos revelar una y otra vez cuál es nuestra “cierta idea” de la sociedad que deseamos. Por descontado, no se trata de que todos elaboremos un detallado programa electoral para luego buscar, o no, la oferta política que mejor encaje con el nuestro. Sino, más bien, dibujar, en un papel en blanco, cuáles son las líneas de trazos gruesos que deseamos para la vida colectiva. En nuestro caso, una cierta idea de Baleares.
Pues bien, permítanme que exponga muy brevemente mi “cierta idea” de nuestra comunidad; mi granito de arena. En primer lugar, pasa por cambiar el sistema de representación con diputados votados en lista, -como hasta ahora-, junto a otros votados por distritos uninominales; evitando que unos territorios tengan más peso que otros. Dicho en palabras más claras, no considero acertada la sobrerrepresentación menorquina, por muy bien y dignamente que ésta se ejerza. Pienso que un cambio en esa dirección favorecía la participación de “hombres nuevos”, de más amplia extracción social, más pegados a los problemas reales, y con mayor capacidad de realizar propuestas no sólo en el ámbito de las Islas, sino también en el nacional e internacional.
Así mismo, reduciría el número de sesiones parlamentarias plenarias, tal vez a la mitad, evitando el exceso de protagonismo político, y de sobre-legislación. Pues soy de la opinión de que una sociedad más auto-organizada es capaz de ofrecer, muchas veces, mejores soluciones. La familia, en sus diferentes formas, sería la organización que considero núcleo de las sociedades más agradables y prósperas. De esta forma, se tendería a fomentar la cultura de la propia responsabilidad y del compromiso. De hecho, estoy convencido que muchos de los grandes problemas actuales son de origen político, creados conscientemente para que “la política” y el Estado ganen terreno.
La igualdad entre todos los individuos, también entre hombres y mujeres, es esencial, por ello, hay que evitar normas que otorgan derechos y deberes desiguales, aunque sea tramposamente en nombre de la igualdad. El Tribunal Constitucional, en ocasiones ha preferido favorecer al poder político en detrimento de la ciudadanía, por lo que hay que ser especialmente escrupuloso y transparente tanto en su composición como en sus decisiones.
En materia económica me inclino a pensar que las reglas básicas deberían ser la propiedad privada, la ausencia total de privilegios y respeto a los contratos libremente establecidos. Esos son los pilares fundamentales. Lo cual implica bajos tributos que eviten distorsiones que favorecen a determinados sectores. No hay expresión que me guste menos que la de considerar un “sector estratégico” por parte del poder. Una economía más abierta también es una economía más liberada de la tiranía del statu quo y, por tanto, más realmente innovadora al servicio de los consumidores, atenta a sus preferencias de cada momento, sean éstas el medio ambiente u otras. Esto es, al servicio de todos, una economía más inclusiva.
Los impuestos moderados evitan el exceso de poder político. Pues éste se ha de centrar en el mantenimiento de los grandes agregados que le corresponden, tales como son, entre otros, la estabilidad presupuestaria y el poder adquisitivo de la moneda.
Soy consciente de que la acción de los lobbys siempre existirá y, como siempre digo, el de mayor influencia es el de los propios funcionarios de alto nivel. No obstante, un sistema de representación política más abierto, con menos concentración de poder, en manos exclusivamente del líder del partido de turno, puede otorgar un notable grado de transparencia que evite abusos.
Naturalmente la prensa tiene un papel de gran relevancia en el juego de la “res pública”. Por eso, es del todo normal que el Poder quiera controlarla, ya sea manteniendo medios de su titularidad, como las televisiones y radios públicas, o bien ejerciendo su influencia a través de la financiación. Ahora bien, en una sociedad auténticamente libre esos recursos tienen que ser muy limitados y transparentes para evitar un efecto de “crowding out” que desplace a otros medios más libres e independientes. Publicar explícitamente las cuantías de dinero público que cada organismo dedica a publicidad o subvenciones a medios sería una buena medida.
Los cambios tecnológicos están produciendo la transformación espontánea del sector de la información y el entretenimiento. En este sentido, la participación del poder no debería consistir en mantener vivos a los viejos dinosaurios condenados a la extinción. En cualquier caso, mi cierta idea de baleares rechaza considerar que los medios públicos constituyen un servicio público, sobre todo, en un ámbito en que el pez chicho el que se puede comer al grande.
Podría continuar estas líneas bajando más al detalle, pero siempre seguiría el mismo rumbo: más poder para la sociedad y menos para el Poder constituido y coercitivo, tal como pienso ha sido tradición en los mejores tiempos de nuestras islas.