Messi quiere irse

O, al menos, eso parece, dada su ausencia en este inicio de pretemporada. La cláusula de marras se las trae, surgida de la absoluta confianza en que el dios Messi jamás abandonaría la casa barcelonista. Pero no, quiere irse, y seguramente lo hará superando el pequeño escollo que representan 700 millones de euros. Probablemente, esa cantidad ayudarían a pagarla millones de españoles a cambio de que el otro dios con el cual convivimos, el narciso Sánchez, también se fuese, no al City o al PSG, sino a su casa. Y con él, esa gran patulea de mediocres e ineptos que le vienen acompañando y aplaudiendo, gracias a un cobarde y ensoberbecido político que prefirió engañar a sus votantes antes que demostrar un adarme de hombría política.

Seguramente, Bartomeu no se hace la pregunta clásica: "Dios mío, pero qué he hecho para merecer tal suplicio”. Sin embargo, millones de españolitos (genérico) posiblemente se la hagan viendo al gran Adán ubicado en su pedestal, con el mundo empresarial y demás agentes a sus pies. Cincuenta minutos de rollo, sin preguntas, ni respuestas, y no sé si con canapés, se gastó el gran estafador, bronceado todavía, para saltar de “resistiremos”, de “nueva normalidad”, de “saldremos juntos”, a “España puede”. Todo un mundo propagandístico que no mejoraría ni Goebels ni Mussolini. Fraseo vacío de contenido y saturado de narcisismo y autocomplacencia. Ideas, ninguna; palabras, todas. Análisis, ninguno; promesas huecas, todas.

Lo importante para el bronceado no es lo que se dice, sino cómo se lee. No es la palabra, es el titular. Sánchez y todo su gobierno, incluido el renegado bolchevique, solamente viven para gestionar su poltrona. Ni tan siquiera para gobernar con un mínimo de decencia política. Ahí, en Casa de América, estaban aquellos que esperan ansiosos recibir una parte del pastel de los fondos europeos. Acompañaban al bronceado presidente que pedía unidad al tiempo que les recordaba que él es quién preside el gobierno del cual van a brotar millones de millones de euros, que, por cierto, tendrán que pagar nuestros nietos y biznietos. No hay problema. A Sánchez, a la Calviño, al Iglesias, les importa un comino lo que le sucederá a las generaciones futuras. Para ellos, el mañana es hoy, y la deuda son los cien mil euros que, como Errejón, cobra para estar, simplemente estar.

Ninguno de ellos se quiere ir. Al contrario, están dispuestos a sentarse a una mesa, incluso con el diablo, con tal de sacar unos números que llamaran Presupuestos y que les servirán para proseguir en su andadura hacia su objetivo, o sea, imponer su ideología programática: transformación digital de la economía, la transición ecológica, una mayor cohesión en favor de la "justicia social" y un "cambio feminista en las mentalidades y reglas sociales", fin de la cita.

Este hombre no se ha paseado por ninguna calle ni plaza ni mercado de ningún pueblo o ciudad de España y contemplado las barreras caídas, las puertas cerradas, los letreros de "se vende”, “se traspasa”, “cierre total”. Como tampoco ha visto las colas en las parroquias, en los locales de Caritas, del Servicio de Empleo, en las oficinas de cobro de ERTE. No, este hombre, ahíto de soberbia, levita por encima de la crisis institucional, sanitaria, judicial, social, económica, laboral e incluso psicológica que sobrevuela este país al cual, ahora, le grita que “puede” salir de tanta dificultad. Y si hace unos momentos nos hacíamos una pregunta, ahora salta otra: España puede, pero ¿puede su gobierno, que incluso esconde a los muertos?

Y, entretanto, el presidente bronceado va clamando que somos una “única humanidad” ― como si antes de la pandemia hubiese más de una ―, se produce en el oyente una sensación de que este hombre desea que los españoles vivamos en una degradación moral y cultural, en la cual soportemos todo cuanto surja de su mente y de la de su Fouché personal; la conocida como performance de Casa de América es un magnifico ejemplo.

Otra performance se está gestando con el espectáculo del parto de los presupuestos. Ya todo está en venta, ya no hay nada que no pueda ser objeto de trueque o cambalache. La coacción es el medio más útil para alcanzar objetivos. Un comentario lo clava: "Arrimadas se arrimará a cualquiera, poco importa ya. Y el Koletas Rata no le va a hacer ascos a lo que sea con tal de seguir, eso está claro. Y los separatistas, mientras haya para ellos, "vayan días y vengan ollas". Y el PP, objetivando aquello de "dudo luego existo". Todo un contubernio de maldad".

Seguramente, Messi se irá y Sánchez continuará. Mientras tanto, el PP seguirá echando de sus filas a mentes cultas, cargas ideológicas, inteligencias liberales, al tiempo que explora en su ombligo la razón política de su existencia. No la encuentra, la perdió en Valencia hace años. Ahora busca antifranquistas para no ser tildado de partido derechista. Este batiburrillo es la versión de esa “unidad” que reclama el narciso que debemos disfrutar, aunque no le hayamos votado. Entretanto, la ministra Celaá prohíbe la asistencia de público en las clases de educación física, y la de Igualdad balbucea el cierre de los prostíbulos. Quizás debiera empezar por donde se ha prostituido la política, convirtiéndola en un asqueroso mercadeo.

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