Con la excusa de combatir la economía sumergida y controlar la trazabilidad de las operaciones Hacienda pretende prohibir los pagos en efectivo si superan los mil euros. La multa por pagar más será de hasta un 25% del importe pagado tanto al pagador como al receptor. En roman paladino: una multa global de hasta el 50%. No vayamos con tonterías con los electricistas o fontaneros que cobran en cash y están hundiendo las arcas públicas.
Esta medida de limitar los pagos a mil euros ya fue declarada como desproporcionada por el mismo Banco Central Europeo. Pero aquí vamos por libre.
No nos engañemos, el agujero que causa la economía sumergida no lo llevan a cabo los pequeños defraudadores (los pececillos de Montoro) sino los grandes que se esconden en las fosas abisales. Se estima que el total de la economía sumergida española ronda el 20% de su PIB.
Los que de verdad defraudan lo hacen de la mano de despachos especializados en elusión fiscal, aprovechando los flecos de la legislación actual y emplean las bonificaciones y deducciones de manera interesada, así como la utilización de paraísos fiscales o territorios con tributación reducida o la creación de empresas pantalla.
Lo de poner cerco al dinero en efectivo tiene, en mi opinión, otro objetivo: el de controlar a la población y eliminar, otra vez más, libertades ¿Cuántas van ya en los últimos tiempos?
Quieren saber dónde gastamos el dinero. Ese dinero por el que ya hemos tributado al ganarlo. Esa vuelta de tuerca es el paso intermedio para la estocada final: las monedas digitales de los bancos centrales. Todo será dinero digital centralizado. Viviremos en nuestras carnes el control del Gran Hermano. Si gastamos en algo que no les interesa nos bloquearán las cuentas. Las wallets, mejor dicho. Y lo harán directamente desde el Banco Central, sin intermediarios. Todo rápido y al momento. Control total y premio o castigo según empleemos el dinero como el Estado quiere.
Menos mal que nos queda bitcoin, que no BTC.
El dinero de bolsillo es uno de los pocos reductos de libertad que tenemos. Si quiero pegarme un homenaje con mis amigos e ir a un club gourment a gastarme 300 euros por cubierto o pagar por el alquiler de un Maserati, sin dar cuentas a nadie, tengo que poder hacerlo.
Y no solo es que el dinero en metálico no gusta por ser poco controlable. Tampoco gusta porque no es confiscable. Y, esto, toma un mayor sentido al amparo de la Ley de Seguridad Nacional en la que se aprobó poder confiscar bienes de la ciudadanía en caso de necesidad.
Recuerden lo que ocurrió hace unos meses con los camioneros canadienses que bloquearon la capital como protesta por el pasaporte Covid. Como no le gustó a su presidente, bloquearon sus cuentas y tuvieron que malvivir con el dinero que llevaran en el bolsillo y donaciones de la población que, también vio congeladas sus cuentas.
El episodio de los camioneros canadienses tiene mucho parecido con lo que se está viviendo estos días en Países Bajos con los que agricultores holandeses. Están colapsando carreteras, aeropuertos y otras zonas estratégicas, incluso enfrentándose a la policía. Hasta han llegado a esparcir estiércol en el domicilio del ministro de agricultura. Apuesto que no lo han visto en la tele porque va contra de leyes ecologistas. Se prevé que la ejecución de esas leyes obligará a cerrar el 30% de las granjas del país y el sector ya está tocado por el precio de los combustibles.
Los agricultores italianos se les han unido y los alemanes están a punto.
Imagínense lo fácil que sería reprimir estas movilizaciones si no existiera el dinero físico. El bloqueo de las cuentas bancarias les haría someterse ipso facto.
Como dijo una vez el ex delegado de Hacienda en Baleares, Raúl Burillo, sobre el hecho de que la Inspección Tributaria siempre se centra en los pequeños defraudadores y no aborda los que de verdad generan fraude: "Me da la sensación de que esto del sistema tributario es como un pastor que se ocupa de que no se les escapen las ovejas que están dentro del redil pero no se preocupa de las que están fuera".
Tomando el símil del rebaño o el de los pececillos de Montoro: dejemos de ser ovejas en el rebaño o pececillos en el banco. Dejemos de someternos en silencio al continuo recorte de libertades. No hace falta ser lobos o tiburones. Salgamos por un momento del rebaño y hagamos de ganaderos. Como los holandeses, si puede ser.