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Memoria frente a hormigón

Está de rodillas frente a un bulto cubierto por una manta gruesa. La mujer lleva las manos en los bolsillos de un abrigo viejo y mira hacia abajo con resignación, sin atisbo de rabia. Debajo de la manta yace el cadáver tiroteado de su marido, el general de la Guardia Civil Juan Atarés. A su lado, en pie, un cura que pasaba por allí imparte la extremaunción rodeado por seis personas más.

La fotografía de José Luis Carrión fue portada de El País aquella Navidad de 1985 y recibió uno de los premios Fotopress del año, pero lo más impresionante de la instantánea no se encuentra en el primer plano. No hay cordón policial, pero al fondo de la imagen decenas de personas observan la escena en la distancia con indiferencia, como quien contempla las maniobras de una excavadora en un solar en construcción. Durante los “años de plomo” ETA logró normalizar su barbarie hasta el punto de integrar los asesinatos en el paisaje cotidiano vasco.

El retrato está expuesto en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, en Vitoria-Gasteiz, inaugurado el pasado 1 de Junio con el objetivo de hacer reflexionar sobre tres grandes cuestiones: ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué puedo hacer para que no se repita?

A la primera pregunta, ¿cómo pudo ocurrir?, responde la fotografía descrita. El odio es el mecanismo de ignición del terrorismo, pero el combustible que le permite perpetuarse en el tiempo es el miedo. Matar a uno para asustar a mil. ETA tardó seis décadas en disolverse. Sesenta años ejecutando vidas en nombre de un pueblo en su mayoría silencioso ante sus crímenes hasta mediados de los ochenta. Las grandes manifestaciones contra ETA no llegaron hasta los noventa. Se dice pronto.

El Memorial rinde tributo a las víctimas de todos los terrorismos. Su recorrido es un ejemplo de rigor histórico a la hora de explicar los orígenes y el desarrollo de unas organizaciones criminales que bajo la excusa de la política, o la religión en el caso del yihadismo, terminaron por convertir la violencia en un objetivo en sí mismo. Pero claro, los números cantan. Los GAL asesinaron a 27 personas, el terrorismo de extrema derecha a 62, los GRAPO a 92 y el yihadismo a 288 (193 en un solo día). En esa competición de salvajes ETA gana por goleada: 853 asesinatos, unos cientos de ellos aún sin resolver judicialmente.

Hartas de extorsión, bombas lapa, pertenencias de las víctimas, trajes de artificieros, portadas de periódicos, testimonios de familiares… la visita remueve la conciencia de cualquier persona con un mínimo sentido de la dignidad humana y la justicia. Quizá por ello los representantes de Batasuna, o Bildu, o como se llamen ahora los que apoyaron durante décadas aquellas atrocidades, no han tenido a bien ni acercarse a la puerta del antiguo edificio del Banco de España en Vitoria. A uno le gustaría pensar que se alejan por vergüenza, pero no es eso.

ETA fue derrotada por la Ley y por la mayoría absolutísima de una sociedad el día que esta perdió el miedo. El independentismo radical vasco lo sabe, y ha trasladado la batalla a otro campo, el de reescribir la historia, lo que ahora llaman “relato”. Por eso es tan necesario este Memorial impulsado por personas de la talla moral e intelectual de Florencio Domínguez o Gorka Angulo, periodistas que en los peores momentos no solo no se rindieron ante el terror, sino que lo enfrentaron. Por eso el buen pastor Otegi y sus ovejas no han pisado ese lugar, ni lo harán, porque allí se evidencia que en ese “conflicto” vasco tan manoseado el 92% de los asesinados lo fueron por bombas y balazos etarras.

¿Qué habría hecho yo? Esta es la pregunta más difícil de responder, pero ayuda el ejemplo de mujeres como Ana Vidal Abarca, que unos meses después de que ETA asesinara a su marido constituía la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Fue en 1980, cuando ser víctima de ETA acarreaba un estigma social casi tan cruel como la muerte del ser querido. A pesar de ello Ana lo tuvo claro: “ganas siempre cuando eres buena persona, ganas siempre cuando procuras no hacer daño a nadie, ganas siempre cuando defiendes la vida y la libertad”. Y ganó.

La visita al Memorial concluye con una reproducción exacta del zulo de Ortega Lara. Al final del recorrido no todo el mundo es capaz de introducirse en aquel habitáculo de dos metros de altura, 1’8 de anchura, 2’48 de longitud. El espacio es un ataúd amplio cuyo original el ayuntamiento de Mondragón, que lleva cuarenta años gobernado por el nacionalismo vasco, decidió rellenar de hormigón. No cabe imagen más exacta de la desmemoria: toneladas de cemento para tapar un acto tan inhumano como enterrar en vida a un hombre durante 532 días.

A la tercera y última pregunta, ¿qué puedo hacer para que no se repita?, supongo que escribir de vez en cuando artículos como este aunque me revuelva las tripas... y el alma.

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