Memoria de verano

El verano es la estación de la memoria. Supongo que tiene que ver con el placer de recordar las vacaciones y el tiempo libre. En una mente sana es más frecuente repasar los días felices que sumergirse en las amarguras del pasado. Por eso, si revisan sus conversaciones relajadas de las últimas semanas comprobarán que, casi seguro, habrán comentado un viaje emprendido hace años, un paisaje estival memorable o un lugar de veraneo en su infancia.

Shakespeare y Cervantes no coincidieron al describir la memoria. Para el inglés era “el centinela del cerebro”, una cualidad vigilante que nos mantiene libre de manipulaciones ajenas. Para el español fue un motivo de tortura: “enemiga mortal de mi descanso”, se quejaba. Claro que el autor del Quijote murió de diabetes, y el de Hamlet de cáncer, o víctima del alcoholismo, no se sabe bien. En cualquiera de los casos, ambos genios fallecieron en pleno uso de sus facultades mentales.

La memoria se analiza de manera distinta cuando uno es consciente del comienzo de su deterioro cognitivo, o cuando observa ese proceso en alguien cercano. Un superdotado como Einstein llegó a decir que la memoria es la inteligencia de los tontos. Una gran estupidez, aunque la dijera Einstein, porque la memoria no necesariamente contribuye a la inteligencia. Se puede ser un burro, cargado de recuerdos, pero un burro al fin y al cabo. En realidad la memoria es el refugio de nuestra identidad. Por eso percibimos tan vulnerables a las personas que la pierden.

Hay quien escribe para mantener en pie los muros de ese refugio. Por algo los diarios son un género imperecedero. Hay quien se cobija en los libros, en la lectura de la gran literatura. Por eso sobrevive el papel y las bibliotecas gozan de una espléndida salud. Podemos soñar con tener en nuestras manos una primera edición Madame Bovary, pero no conseguimos leer un archivo guardado en un disquete hace veinte años. Cuando le envío a mi madre por el móvil una foto que le gusta siempre me dice lo mismo: esta la quiero en papel.

Es triste observar cómo se rompe la relación entre mente y cuerpo. Resulta más sencillo asumir el declive físico. Cualquier deportista aficionado en su sano juicio es consciente del avance de sus limitaciones. No queda más remedio que asumirlas con deportividad, si se me permite la broma, y ajustar los retos a la edad o a las capacidades reales. Se trata de disfrutar cada día un poco más del camino, y un poco menos de la meta.

Ya digo que es fácil establecer esa continuidad en el tiempo de un cuerpo desnudo ante un espejo. Soy el mismo, con más arrugas y menos pelo, con más grasa y menos masa muscular, con más dolores y menos vigor. Es un proceso inexorable en el que sólo cabe influir, y no siempre, sobre la velocidad a la que se produce.

Pero la pérdida progresiva de la memoria acarrea un sinfín de pequeños desgarros que ponen en cuestión la identidad misma de la persona. ¿Quién soy, el que recordaba antes o el que no recuerda ahora? ¿Se ha ido la otra persona aunque permanezca entre nosotros su cuerpo? ¿Es posible ese desdoblamiento o tampoco hay forma de separar el cuerpo de nuestra identidad?

En 2006 la escritora Siri Hustvedt estaba pronunciando un discurso en memoria de su padre fallecido. La coherencia de sus palabras, su voz y su entonación continuaron perfectas hasta el final cuando en mitad de su lectura empezó a convulsionar de cuello para abajo de manera descontrolada. A raíz del episodio Hustvedt se adentró en el misterio de sus temblores y exploró el universo complejo, y quizá inabarcable, de la psiquiatría y la neurología.

En su ensayo La mujer temblorosa concluye que no se tiene una enfermedad crónica, sino que es parte de tu identidad. En consecuencia, la manera de pensar es fundamental a la hora de vivir nuestros trastornos físicos o psicológicos. Pero un pensamiento estructurado precisa de la memoria.

Una de las personas que más quiero del mundo es capaz de hacerme cinco veces la misma pregunta en menos de diez minutos, y en esa conversación recordarme el nombre y los dos apellidos del director de una sucursal bancaria en un pequeña ciudad de provincias que se jubiló hace cuarenta años. A continuación me describe con la precisión de una página de Flaubert la casona en el pueblo de nuestros veranos donde vivía mi tía Romana, que falleció a los 95 cuando yo no había hecho la primera comunión. Y luego me vuelve preguntar por sexta vez qué tal mi viaje. Yo la miro mientras le aprieto fuerte la mano, convencido de que sigue siendo ella.

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