Desde hace ya algunos años, pienso que todos tenemos, si lo deseamos, una misión en este mundo, la de procurar hacerlo un poco mejor en lo poco o mucho que pueda depender de nosotros. En cierta forma, nuestra manera de agradecer que se nos haya otorgado el don de la vida sería intentar que cuando nos vayamos, hayamos conseguido de algún modo hacer más luminoso el mundo, en el sentido de que sea algo menos sombrío que cuando nosotros vinimos de forma inesperada y no prevista a él.
Sea cual sea nuestra profesión o nuestra vocación, si lo deseamos, todos podemos mejorar un poco el mundo cada día. A menudo, sólo es necesario que cumplamos determinadas rutinas diarias o que provoquemos pequeños cambios, aunque en ocasiones puedan llegar a parecernos casi imperceptibles. A veces puede llegar a ser ya suficiente el hecho de comportarnos de forma educada y afable de manera natural o el deseo de ser siempre abiertos y ecuánimes con los demás, o con nosotros mismos.
El mundo se mejora con una ley o con una sentencia que tengan como objetivo esencial hacer más justa o más segura la vida de muchas personas. El mundo se mejora cuando intentamos en la medida de nuestras posibilidades que los derechos humanos o la libertad sigan siempre avanzando, o que al menos no retrocedan. El mundo se mejora cuando en nuestra labor profesional o en nuestra vida personal intentamos dar siempre lo mejor de nosotros mismos.
El mundo se mejora con una canción hermosa, con una película que nos haya emocionado o nos haya hecho reflexionar, con un poema que nos hable de la melancolía, de la belleza o del amor. El mundo se mejora cuando somos compasivos, o actuamos solidariamente, o hablamos de forma pausada, o ayudamos desinteresadamente a alguien. El mundo se mejora cuando soñamos o deseamos en lo más profundo de nuestro corazón o de nuestro espíritu que de verdad sea mejor.