Más tránsfugas que fachas

Entre jueces, fiscales, periodistas, diputados, senadores, parlamentarios europeos, catedráticos de Derecho Constitucional, intelectuales cancelados, letrados de las cámaras legislativas, policías procesados por cumplir órdenes y unos millones de ciudadanos entre estupefactos y cabreados, se está poniendo la fachosfera como el camarote de los hermanos Marx.

Los genios de la comunicación monclovita diseñaron un espacio virtual para encerrar en él a cualquier sujeto que se opusiera a una ley de amnistía negociada al milímetro con los futuros amnistiados a cambio de un puñado de votos para mantenerse al poder. No cabía un fascista más. Éramos muchos, apretujados, y en esas aparecieron todos esos agricultores, tan brutos ellos, empujando con sus tractores grandotes hasta convertir la fachosfera en un vagón de metro en hora punta.

El peligro que tiene abusar de las hipérboles es que del miedo se pasa a la risa por la vía rápida de lo absurdo. Manipular el significado de las palabras a través de la propaganda puede subir momentáneamente la moral de una tropa de convencidos, pero esa euforia es efímera. Por eso mismo pienso que la estrategia de la polarización tiene límites, como todo en la vida. Tildar hoy de fachas a personas que fueron encarceladas durante el franquismo o que han militado durante décadas en la izquierda vacía de contenido el insulto.

Sucede lo mismo con los tránsfugas. Les voy a plantear una hipótesis absurda. Imaginen un candidato que se presenta a unas elecciones en las listas de un partido cuyo líder máximo afirma rotundo durante semanas que la amnistía no cabe en la Constitución española. Imaginen a ese candidato poco conocido defendiendo la postura oficial de su partido sobre ese asunto en entrevistas, debates electorales y artículos de opinión. Imaginen además que lo hace convencido, no sólo porque esa posición esté detallada en los argumentarios de su organización, sino porque cree que es lo justo.

Ya sé que es inverosímil, pero imaginen ahora que su líder máximo cambia de opinión al día siguiente de unas elecciones que ha perdido porque necesita para su investidura los votos de otros diputados que le exigen la amnistía de personas acusadas de graves delitos, incluido su jefe prófugo de la Justicia. A ese diputado que dio la cara en campaña y fue contundente al afirmar que la amnistía es inconstitucional en un Estado de derecho como el nuestro porque supone conculcar el principio de igualdad ante la Ley y deslegitimar sus leyes y tribunales, se le obliga ahora a decir y votar exactamente lo contrario.

Sigan ustedes desbarrando conmigo. Imaginen ahora que ese diputado vota en contra de esa ley de amnistía porque cree en conciencia que es una aberración jurídica y moral que divide profundamente a la ciudadanía a la que representa. Rompe así la disciplina de partido y es expulsado de su grupo parlamentario. Su Señoría sigue votando sobre otras cuestiones en el mismo sentido que sus ex-compañeros de partido, es decir, sigue formando parte de la mayoría parlamentaria que apoya al gobierno.

Calificar a este diputado simplemente como díscolo o rebelde sugiere una cierta épica, una valentía, una coherencia que no demostró el resto del rebaño. Hay que ensuciar su nombre como escarmiento, y la mejor manera es incluirlo en la categoría de tránsfuga para asociar su desobediencia a una motivación turbia, corrupta. Queda así convertido en sospechoso de algo, no se sabe bien de qué, por pensar y decir lo mismo antes y después de las elecciones.

El espectáculo protagonizado por cinco diputados de VOX en Baleares ha resultado entre cómico y patético. Dicho esto, para el ciudadano medio bajo el concepto de tránsfuga subyace la idea de un cargo electo que se va de un partido a otro, o al grupo mixto, por su propia voluntad, no porque lo expulsen. No es eso lo que quedó escrito en la última modificación del pacto antitransfuguismo firmada por partido grandes, medianos y pequeños. En resumen viene a decir que si a un cargo electo lo echan del partido que lo presentó en sus listas electorales y no deja el escaño, automáticamente se convierte en un tránsfuga, aunque no altere las mayorías preexistentes.

Resulta curioso que una parte importante de la opinión pública, a izquierdas y a derechas, reclame a los partidos más espacio para la reflexión y el debate interno, y al mismo tiempo se acepte mansamente el lenguaje que imponen esas mismas organizaciones para blindar su poder y silenciar cualquier discrepancia.

Según la RAE “un tránsfuga es la persona que abandona una organización política, empresarial o de otro género, para pasarse a otra generalmente contraria”. Esto es exactamente lo que está haciendo el PSOE en su conjunto en el Congreso de los Diputados, y no los cinco tontilocos de VOX en el Parlamento de Baleares. Instalados en el absurdo y siendo exhaustivos, cuando el cambio radical de criterio no es individual sino colectivo y unánime, el pacto antitransfuguismo debería tipificar entre los casos de fraude electoral la hipótesis del grupo parlamentario tránsfuga al completo.

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