Manot, la vida en las montañas

Manot te recibe con una sonrisa hospitalaria. De entrada rompe el tópico sobre la acreditada antipatía de los guardas de refugios de montaña franceses. Parece joven, pero no es fácil de adivinar la edad de una mujer con el rostro curtido por el sol y el viento que azota en las alturas de los Alpes. Tiene 35 años. Lo sé porque me ha dicho que hace quince que pasa tres meses al año aislada en un cabaña a 3400 metros de altitud, y empezó con veinte.

El refugio Durier es una lata de sardinas con capacidad para dieciséis personas. Hablamos de una sola estancia con cocina, literas y una mesa en el centro donde se pueden sentar ocho comensales. Si el refugio se llena hay que hacer dos turnos, como en los hoteles gigantescos. Manot duerme noventa noches consecutivas en el mismo espacio por el que van pasando los alpinistas que se adentran la arista integral Miages-Bionnasay, según los expertos, la via más elegante y salvaje para ascender el Montblanc.

Así las cosas no pasa tanta gente por aquí. Manot sale del refugio para ver la puesta de sol. La observo en la distancia, y me recorre un ligero temblor al imaginar lo que debe ser soportar en soledad una tormenta eléctrica en un lugar tan aislado, donde nadie sube cuando el cielo ruge. Creo que es la imagen de una mujer libre más potente que he visto en mi vida.

He llegado hasta aquí cansado, pero sobre todo preocupado. Las últimas dos horas han sido un calvario descendiendo hasta el collado una cresta vertiginosa de nieve blanda. Me he hundido un par de veces en lugares expuestos, y he pasado miedo. Al llegar a esta caja de zapatos me he puesto algo de ropa seca, y mi cerebro ha comenzado a procesar en modo negativo con una intensidad preocupante.

En un lugar como este es inevitable pensar en un accidente, incluso mortal. Seguramente es lo que te mantiene vivo. Pero al anticipar el problema la mente no distingue entre realidad e hipótesis, y se entra en un bucle tóxico que no lleva a ninguna parte, como todos los bucles. De ninguna manera me planteaba dar la vuelta y desandar el camino recorrido, así que durante un rato no dejé de imaginar unas condiciones pésimas para atravesar la afilada arista de Bionnasay al día siguiente. Y aún peor, un descenso agónico desde el Montblanc a partir del mediodía con el sol cayendo a plomo y derritiendo la huella. Pero eran eso, imaginaciones.

En el refugio Durier hay escasa cobertura de móvil. Conviene ponerlo pronto en modo avión para no agotar la batería, porque el teléfono se vuelve loco buscando sin cesar una señal muy débil en una ubicación tan inhóspita. A nuestra cabeza le sucede lo mismo. Comienza a procesar a toda velocidad en busca de soluciones a dificultades aún no planteadas, y nos deja sin energía. Por eso es importante detener esa espiral. Le pregunté a Manot qué hacía allí cuando los partes meteorológicos pronosticaban una tormenta eléctrica brutal, y su respuesta fue sanadora y contundente: “mañana va a hacer bueno”.

Hay en la decisión de Manot de vivir en soledad un punto de ascetismo, no sé si voluntario, pero que en cualquier caso resulta inevitable conectar con la idea de Henry David Thoreau de buscar la libertad a través de lo salvaje, del regreso a la naturaleza para liberarse de las esclavitudes de una sociedad industrial. Thoreau publicó su Walden, la vida en los bosques en 1854, cuando TikTok sólo evocaba el sonido en el bosque de un pájaro carpintero.

Manot tiene una expresión dulce. Su mirada amable y su conversación animada demuestran que las personas solitarias no son una amenaza para la vida en sociedad, sino un motivo para la reflexión. Seguí su consejo de no adelantar los problemas. Al día siguiente nos sirvió un café a las tres de la madrugada. Salimos hacia arriba en la oscuridad y en menos de siete horas pisábamos el punto más alto de Europa Occidental atravesando unos parajes de montaña sobrecogedores, tan blancos y solitarios como las estepas siberianas. Esa imagen me trajo a la cabeza las palabras que el explorador ruso Vlademir Arséniev dejó escritas en su novela Dersu Uzala: “el bosque reúne lo que ciudad dispersa”. Creo que la montaña consigue lo mismo, y Manot lo sabe.

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias