El episodio protagonizado por varios superyates en el archipiélago de Cabrera, Parque Nacional Marítimo-Terrestre cuya gestión es competencia del Govern de les Illes Balears desde 2010, al ocupar con 6 enormes sombrillas y un buen número de tumbonas una de las playas del islote, ha generado una enorme indignación. Tal enfado es debido a que se constata que hay gente sin escrúpulos que no respeta el espacio público y que es capaz de adueñarse de él sin miramientos y sin importarle el terreno que pisa, las autorizaciones que se requieren ni la multa subsiguiente en caso de infracción de la normativa.
Casos como el de Cabrera no son habituales, pero tampoco son extraordinarios. Este mismo verano sucedió un episodio similar en la playa des Migjorn en Formentera, donde incluso se preparó un catering y la Policía Local tuvo que intervenir para poner orden y denunciar ante la Demarcación de Costas el lamentable espectáculo.
Ante situaciones como esta solo cabe exigir la mayor contundencia a la Administración competente, aunque no cabe esperar que meras sanciones económicas disuadan a ciertas personas a quienes el dinero les sobra y no les importará pagar la sanción sin torcer el gesto.
Otra cosa es exigir a los responsables del Parque Nacional que se vigile más y mejor lo que desde las organizaciones ecologistas se ha calificado con gran razón de “la joya de la corona”. Pero conviene relativizar lo ocurrido, porque no se causó un daño medioambiental importante y la ocupación del espacio público fue temporal y aparentemente sin dejar ninguna huella perceptible en el territorio. No hay que sacar las cosas de sitio, por más que pueda molestar ver la playa de Cabrera llena de elementos inapropiados provenientes de yates de lujo.