El otro día me junté con amigos. No leerán ustedes muchas columnas que empiecen así, reconociendo un hecho a punto de convertirse en delito. En poco tiempo hemos pasado de teorizar sobre la inmunidad de rebaño -a través de un contagio masivo pero controlado- a que nos pidan que no nos veamos, que nos quedemos en casa voluntariamente y mejor nos llamemos. Deben estar las telecos que explotan de gozo. Una subida de tensión se llevó por delante el router de mi conexión doméstica a Internet. Sin wifi ni televisión, llamé al servicio técnico y un amable operador me dijo que pasaba nota de la incidencia y que, como estaba incomunicado acudirían con carácter urgente. Miré el celular por el que le estaba hablando y le tuve que pedir que no exagerara.
Hasta que se publique la prohibición en un boletín oficial seguiremos delinquiendo, o sea, viendo amigos con prudencia, evitando masificaciones y bebiendo cada uno de su vaso. El porrón de mano en mano ha pasado a mejor vida, pero se ha de reconocer que una vida sin amigos es menos llevadera. Soportable, sí, pero insípida. En estos días se habla mucho de mantener la cautela en las reuniones familiares. Siendo agradecidos deberíamos reconocer que las autoridades sanitarias nos brindan la excusa para quitarnos de encima al cuñado impuesto. Pero el problema son los amigos, la familia elegida que lo aguanta casi todo.
Han estado tres amigas de mi hija unos días en casa. Son compañeras de la universidad, y echando la mirada atrás uno es capaz de intuir esos vínculos que se están creando. Hay amistades de juventud que no sobreviven en la madurez porque resultan dolorosas. Son el espejo de los errores, propios o ajenos, el reflejo de los fracasos o las expectativas frustradas. Porque el tiempo no reparte los golpes por igual. Pero las relaciones de aquellos años que resisten se vuelven indestructibles. Nace algo que une por la raíz, y ya no se rompe nunca. Curiosamente son estas relaciones las que menos contribuyen a engrosar las cuentas de resultados de las operadoras de telefonía, porque no necesitan videoconferencias semanales, ni llamadas diarias, ni whatsapps cada diez minutos.
La amistad es una decisión. Es voluntaria y precisamente por ello se ha de cultivar. Como no es espontánea necesita de un cierto mantenimiento preventivo, y también de reparaciones cuando llegan las averías. Tener razón es algo sobrevalorado, y más frente a un buen amigo. Si hay que optar, elijo siempre la amistad. Pero las amistades de juventud son capaces de sobrevivir milagrosamente con muy poco, como un cactus solitario en el desierto. Esos colegas establecen una categoría distinta, superior, y logran comunicarse a través de códigos indescifrables. En realidad a menudo se hablan a través del silencio, que es el lenguaje más impenetrable de todos.
Las palabras hacen cosas, construyen por sí mismas realidades, y por eso son importantes. Pero un amigo de juventud conoce tus defectos de fábrica irreparables, tus miserias, tus ridículos, el cartón piedra de cada selfie, y aún así te quiere. A diferencia del amor, en permanente construcción para que no se venga abajo el edificio, las amistades antiguas no precisan demasiadas palabras para mantenerse erguidas. Basta una mirada, quizá el apunte de un recuerdo salvaje de adolescencia, para que todo quede dicho. El otro día que nos juntamos había dos de estos colegas del alma. Sentí envidia al escucharlos, y sobre todo al no escucharlos cuando callaban y se miraban sonriendo.
Las ninfas veinteañeras que pululaban por casa se han ido, y con ellas sus conversaciones nocturnas en la terraza, las stories de Instagram, los tíos que les gustan y su música de Spotify que no conozco. Pero sobre todo, en este tiempo tan extraño se han ido sin sus marchas locas, sus verbenas ni sus rollos de verano. Se han ido sin haberse aguantado ni una vez unas a otras la puerta del baño en la discoteca. Recordemos esto los adultos cada vez que nos pongamos estupendos hablando de responsabilidad. Es fácil hablar de frenos en la madurez, con nuestra juventud recorrida con el pie en el acelerador.
Todos estamos renunciando a un trozo de la vida que querríamos, y a un tiempo que no volverá. Pero seamos justos: excepto una minoría de descerebrados, la mayoría de chavales también. La hiperconectividad tecnológica que tantas cosas facilita jamás sustituirá las vivencias de juventud, fundamentales para la educación sentimental de un adulto. Como buscar culpables ajenos es algo muy propio de los niños, parece que esta sociedad infantilizada necesita cargar todos los muertos sobre las espaldas de los jóvenes para tapar sus pifias adultas. Si llevan medio año sin salir de noche, reconozcamos al menos que les estamos robando algunas sonrisas y silencios en la madurez.