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Las curvas de la felicidad

Se nota el frescor de la mañana en el rostro y en los brazos. Al alba, aún en pleno estío mallorquín, con las primeras pedaladas es posible sentir un leve escalofrío cuando el cuerpo aún no ha entrado en calor. En escasos minutos el cielo torna del plomo al azafrán, y comienzan a caer las primeras gotas de sudor. Ver amanecer atravesando en bicicleta la Albufera de Alcudia es un espectáculo impagable y gratuito, una experiencia sencilla resistente a todo virus o crisis planetaria.

Con el sol ya en el cogote huele a calor y a tierra húmeda. A hora tan temprana se agradecen los aspersores de riego mal orientados que empapan los campos de cultivo de Sa Pobla, y a la vez parte de los caminos que los atraviesan. Mojado como una patata comienzo a ascender hacia Caimari. Del tubérculo a los olivos centenarios en un silencio matutino apenas roto por los jadeos y el siseo de la bicicleta. Me persigno al pasar por delante del templo gastronómico de las sacerdotisas Solivellas, María y Teresa. Ca Na Toneta es un lugar para alimentar el cuerpo, claro, pero también el espíritu por ese respeto profundo a la tierra, a la cultura y a la tradición de una Mallorca que nunca se perderá mientras existan personas como ellas.

No hay tiempo para emocionarse demasiado con los recuerdos del buen comer. Comienzan las primeras rampas que suben a Lluc, y conviene concentrarse para dosificar el esfuerzo. Pasarte de vueltas sobre una bicicleta puede convertir un día para el recuerdo en un infierno, también inolvidable. Coronado el Coll de Sa Batalla, aún restan diez kilómetros hasta el inicio de una de las carreteras más espectaculares del mundo.

Doce curvas de al menos 180 grados para salvar un desnivel de 800 metros en trece kilómetros. El acceso a Sa Calobra es un prodigio de la ingeniería, la obra de un visionario, el español Antonio Parietti, que se empeñó en ese trazado surrealista frente a otro más racional y barato. A pesar de su mala prensa, la Humanidad tiene mucho que agradecer a esta clase de locos.

Dice el refrán que todo lo que sube baja. Pero en bicicleta conviene tenerlo en cuenta al revés, porque todo lo que baja luego hay que subirlo. El descenso sobre dos ruedas hasta la desembocadura del Torrent de Pareis es vertiginoso, con sus giros de herradura sin apenas quitamiedos. Pero asusta más ir pensando en el regreso, trepando por esas rampas de asfalto con el sol cayendo a plomo sobre el casco. Coronar de vuelta el Coll des Reis, ese último empujón a la máquina con las caderas para dejar de pedalear en el descenso, compensa con creces el esfuerzo previo. ¿Por qué ese sacrificio extremo? ¿Cuál es el motivo para meterse semejante paliza?

El agotamiento físico voluntario tiene algo de desaparición de uno mismo, que a la vez es algo bastante propio de las vacaciones. Sin embargo, la gente te mira raro desde los coches al pasar, y los seres queridos se preocupan por tu salud mental. Como uno es limitado, a menudo no encuentra las palabras exactas para describir algo que no tiene que ver con un reto deportivo, sino con una forma de entender la plenitud de la vida y su sentido último. Por eso es mejor acudir a la inteligencia del antropólogo David Le Breton, que entiende que cuando esa extenuación se produce de manera deliberada desaparece la connotación negativa, o sea el sufrimiento, y “es el propio cuerpo el que se proyecta en el mundo para experimentar la sensación de existir”.

Para los amantes de la vida sedentaria, o quizá para una inmensa mayoría de personas sensatas, puede resultar imposible de entender, pero pocas cosas te hacen sentir más vivo que el esfuerzo agónico. Quizá por ello, por esa dificultad a la hora de explicarlo sin parecer un pirado, prefiero callar ante los amigos la teoría de Le Breton y apoyarme en la del filósofo francés Jean-Louis Chrétien, que lo vio más claro, y más sencillo: “solo disfrutamos de la fatiga cuando no estamos condenados a ella. No hay fatiga feliz si no somos felices ya antes incluso de fatigarnos”. O sea, que ya era feliz antes de bajar y subir Sa Calobra, solo que al apearme de la bici era más consciente. Es la misma manera en que ilumina nuestra vida la amistad, el sexo bueno o un vino glorioso. Y en ningún sitio está escrito que haya que descartar caminos hacia la felicidad por sinuosos y empinados que sean, como las curvas de Sa Calobra.

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