Desde que empezó la crisis, cada vez que veo que la lavadora hace un ruido extraño, el teléfono fijo no se oye muy bien o la cisterna del inodoro parece tener problemas, me entra una especie de sudor frío, combinado también a veces con una cierta angustia y ansiedad, al ser consciente de que todas aquellas situaciones técnicas anómalas pueden acabar derivando en cualquier momento en una próxima avería, y, por tanto, en un gasto no previsto en el equilibrado balance mensual de entradas y salidas.
Desde hace unos años, yo creo que prácticamente todos intentamos ahorrar siempre el máximo posible, ajustando nuestro presupuesto doméstico hasta unos límites insospechados hasta no hace aún mucho tiempo. Si podemos, pasamos literalmente con lo justo o con muy poco más, pues nuestra economía personal no puede recurrir, por regla general, ni al déficit ni a la deuda ni a la Unión Europea ni a los bonos del estado para intentar mantenerse mínimamente a flote.
Si alguno de los oscuros presagios de una posible avería finalmente se acaba cumpliendo, entonces nos vemos obligados a tener que llamar a un técnico en la materia, que ya sólo con hacernos un primer presupuesto inicial nos suele dejar en ocasiones literalmente sin habla. Ese mutismo sobrevenido se suele prolongar a veces por tiempo casi indefinido cuando la reparación de la lavadora, del teléfono o de la cisterna se hacen finalmente del todo inevitables y cuando nos presentan poco después la factura final.
Además, no es del todo descartable que esa posible reparación sea en ocasiones sólo como una especie de primera cura de urgencia, lo que implicará que pasados quizás sólo unos días o unas semanas la lavadora vuelva a hacer ruido, el teléfono continúe sin oírse muy bien o la cisterna empiece nuevamente a perder agua. En caso de que se produzca una situación así o muy parecida, se abrirá entonces ante nosotros un dilema no deseado, el de decidir si volvemos a llamar o no a nuestro técnico de cabecera.
Como desde hace dos años estamos casi todos con menos fuerzas y ánimos que de costumbre, es posible que en el momento de tener que decidir nos bloqueemos y no sepamos muy bien qué decisión tomar. Lo importante en estos casos es intentar mantener la cabeza siempre fría o, si ello no es posible, tener una caja de tisúes justo al lado y empezar a llorar de manera liberadora, aunque no demasiado, no vaya a ocurrir que al tirar luego tanto papel al inodoro, se nos acabe estropeando aún un poco más el baño.